Canto en Casa

Estrategias para perder el miedo a escuchar mi voz grabada al cantar

Estrategias para perder el miedo a escuchar mi voz grabada al cantar en casa, celular en la mano en el sofá
Nota: participo en programas de afiliación. Si haces clic en algunos enlaces y terminas comprando algo, puede que reciba una comisión — a ti no te cambia el precio.

Cuando canto en casa, mi voz suena grande, metida en el pecho, casi con reverb propio. Cuando la escucho grabada, sale delgada, nasal, como si perteneciera a otra persona, y esa diferencia es justo la que me tiene, todavía, pegada al sofá con el teléfono en la mano sin animarme a apretar play de nuevo. Llevo un tiempo metida en esto de cantar en casa, sola, después de la oficina, una costumbre chica que terminó siendo una forma de autocuidado sin que yo lo planeara. Pero perder el miedo a mi propia voz grabada me está costando más que aprender cualquier canción.

El rincón de los cojines, otra vez armado

El otro día crucé el Mercado Central de Valparaíso volviendo del trabajo, entre los gritos de los caleteros ofreciendo el pescado del día, y llegué al departamento a armar el rincón de siempre: amontono los cojines a mi derecha, a la altura del hombro, para que el eco del comedor no se trague la voz; dejo el teléfono apoyado en una taza de greda sobre la mesita de al lado; me pongo los auriculares con el cable siempre enredado en el brazo del sofá; bajo la persiana a la mitad, ni arriba ni completamente cerrada. Ese contraste entre el bullicio del mercado y el silencio acolchado de mi rincón es parte de por qué esto se volvió importante: es el único momento del día donde nadie me pide nada.

Trabajo en administración, entre planillas y llamadas, y este rincón es donde ese día se desarma. Ya escribí antes sobre cómo canto solitario transforma mi rutina después de trabajar en administración, y sigue siendo cierto — lo raro es que grabarme para después escucharme es una pelea completamente aparte de cantar.

Teléfono apoyado en una taza junto a un té frío, listo para grabar mi voz cantando en casa

Mi voz grabada no suena como yo

Sé que hay un nombre técnico para esto, algo sobre la diferencia entre cómo te escuchas por dentro y cómo te graba un micrófono, lo leí una vez en un comentario y no me quedé con los detalles. Lo que sí sé es que la primera vez que me escuché grabada sentí ganas de que me tragara la tierra, y que antes de este rincón ya había probado otra cosa: fui a una clase grupal de canto una vez, hace tiempo, y la dejé después de la primera sesión porque cantar frente a otros, aunque fuera una clase para principiantes, me daba más vergüenza de la que cantar sola nunca me dio.

No soy la única a la que le pasa esto, por lo visto. Un lector de Concepción, Marcelo Peñailillo, me escribió una vez después de leer algo que puse acá sobre el bochorno de escucharme grabada, contándome que a él le pasa exactamente lo mismo con su propia voz, que tiene una relación complicada con eso desde hace rato. Me hizo sentir menos rara, la verdad.

Cantar espantoso a propósito un martes cualquiera

Un martes cualquiera, después de un día particularmente denso en la oficina, decidí cantar pésimo a propósito. Desafiné adrede, puse voces de dibujo animado, dejé salir gallos que le sacarían una carcajada a cualquiera. Me había cruzado en el ascensor con un vecino que juraba que yo tomaba clases de canto — le dije que no con una cara que todavía me da risa — y subí pensando que si igual iba a sonar mal, mejor que fuera mal a propósito. Grabé esa toma espantosa y, al escucharla, me reí. No la borré al toque como hacía siempre con todas las demás; me quedé un rato dándole vueltas, encontrándole la gracia. Sacarle la presión de que sonara bien fue lo que aflojó el nudo.

Le mandé un audio de esa toma a mi amiga Elisa, que se fue a vivir a Santiago hace años y con la que hablo casi puro por audios de WhatsApp que a veces duran una eternidad. Se rió como loca y me contestó otro audio larguísimo, jurando que ya se acostumbró a la capital, aunque a esta altura las dos sabemos que extraña el puerto más de lo que admite.

Esa misma semana abrí el Curso Básico de Canto que tenía guardado hacía rato sin animarme. Arranca literal desde cero, que es justo donde estaba yo, y lo puedo seguir sola en el rincón del sofá sin que nadie más se entere, algo que para quien no quiere que la escuchen es básicamente el punto. Algunos módulos los terminé saltando porque ya los sentía muy básicos, pero fue ahí donde empecé a practicar sin presiones de verdad, sin la vocecita interna comparándome con nadie.

Cojines amontonados en la esquina del sofá, mi rincón para cantar en casa sin miedo a la voz grabada

Lo que cambió después de la semana doce

Para la semana doce algo se sentía distinto, aunque no sabría decir el día exacto en que empezó a cambiar. Normalmente aclaro la garganta antes de largarme a cantar, una manía que ni sé de dónde saqué, y esa noche canté sin hacerlo, sin darme cuenta siquiera, y no me hizo falta. Tampoco se me cortó el aire a mitad de frase como me pasaba antes, ni quedé con la garganta apretada al terminar.

Estaba con una frase que se me pegó de una canción que sonaba en la radio de la micro, una de esas que se te quedan pegadas sin permiso, y había una nota aguda que siempre se quebraba justo a mitad de camino. Esa noche esa nota no se quebró como siempre, salió pareja de principio a fin. Ya escribí sobre Lograr cantar una nota difícil después de meses de práctica casera, pero esta vez fue distinto porque cuando le di play no sentí el rechazo de siempre. Sentí curiosidad.

Ya no escuchaba "qué voz tan fea", escuchaba cosas como que me estaba quedando corta de aire en una parte, o que había un quiebre entre el registro más grave y uno más liviano que antes ni distinguía, o que el timbre sonaba menos plano que en las grabaciones de antes. Empecé a cachar cuándo me estaba desafinando sin necesitar que nadie me lo dijera, y a encontrar la zona donde mi voz se siente cómoda de verdad, ni forzada para arriba ni apagada para abajo. Escuchar la grabación dejó de ser una sentencia y se convirtió en otra cosa: información nomás, sin el juicio pegado.

No soy cantante ni pretendo serlo, y sigo sin cantar frente a nadie que no sea el perro del piso de arriba, que insiste en hacer los coros aunque no lo inviten. Lo único que cambió de verdad es que ahora trato cada grabación como un borrador y no como un veredicto sobre mí, y esa costumbre se me quedó pegada más que cualquier nota que haya logrado cantar bien. El curso que yo abrí un martes sigue ahí, de fondo, para cuando quiero abrirlo. Lo demás — los cojines, el té que se enfría, la voz que sale rara del parlante — sigue siendo mío, gallos incluidos.

Artículos relacionados