
El cojín de la esquina del sofá ya tiene una hendidura con la forma exacta de mi hombro derecho. Ahí apoyo la espalda cada tarde apenas cierro la última pestaña del trabajo, como si necesitara marcar el límite entre la oficina y lo que sigue: cantar por hobby, sola, sin ninguna intención de sonar bien ni de dejar de ser una principiante total. No es una rutina de bienestar digital sacada de ningún artículo — es lo único de mi día que no depende de una pantalla, mi versión particular de la desconexión laboral, aunque termine grabándome con el celular de todas formas.
Antes de salir, Ignacia — la compañera con la que comparto escritorio hace tiempo — se reía fuerte de un error que acababa de cometer en una planilla, esa facilidad suya para reírse de sus propias pifias que a mí todavía me cuesta copiar. Salí de la oficina con esa risa pegada y el frío típico de Valparaíso metiéndose por el cuello del abrigo, pensando que en algún momento de la noche iba a intentar, otra vez, cantar sin que nadie del edificio se enterara.
El mito del hobby que necesita orden
Durante mucho tiempo compré la idea de que cualquier tutorial gratuito de YouTube enseña más o menos lo mismo, que basta con juntar un par y ya está armado el camino. Fue la primera cosa que até por mi cuenta cuando decidí que quería que ese quiebre feo en las notas altas dejara de darme vergüenza.

Terminé saltando de un canal a otro sin ningún orden, guardando el celular contra la taza de cerámica de la mesita mientras un video me decía que respirara desde el diafragma y el siguiente me contradecía con otra técnica de respiración completamente distinta. Otro insistía en una rutina de calentamiento antes de dormir que yo nunca terminaba completa porque ya era tarde y tenía que levantarme temprano al otro día. Salí de esa maratón de pestañas abiertas más tensa que antes de empezar, no menos, con la garganta más apretada que después de un día entero de reuniones. Recién ahí, ya tarde y medio desesperada, fui a leer estos cuidados de la voz para principiantes que practican canto en casa, que probablemente me habrían ahorrado esa noche entera si los hubiese encontrado primero.
El problema no era la falta de método
Con los días até cabos de otra forma: capaz que el problema nunca fue la falta de orden sino que seguía tratando esto como una tarea de oficina, algo que había que optimizar y hacer bien a la primera. Ni siquiera había reparado en que cada vez que escuchaba una de mis grabaciones sentía que era otra persona la que hablaba, una voz que no calzaba con la que tengo metida en la cabeza, algo que ahora sé que le pasa a casi todo el mundo que se graba por primera vez. Las notas altas seguían siendo terreno difícil, ahí sí, pero dejé de perseguir un método para domarlas y simplemente las dejé ser el punto flojo de mi rutina. Lo que en realidad buscaba, más que técnica, era ese ratito donde el estrés del día se diluye solo, sin que tenga que explicarle a nadie por qué necesito gritar una canción desafinada un martes cualquiera.
Un domingo antes de todo esto anduve dando vueltas por la Feria de las Pulgas de Playa Ancha sin el celular en la mano, mirando radios viejas y discos rayados que alguien vendía sobre una manta en el suelo, y volví a casa con una calma rara que no tenía nada que ver con ningún tutorial. Fue más o menos por esa época que terminé abriendo, casi sin planearlo, el Curso Básico de Canto [El que abrí un martes], que me sirvió sobre todo para tener un mínimo de estructura sin que nadie me estuviera mirando ni corrigiendo en tiempo real.
Antonieta preguntó desde la escalera, con esa voz de radio
Antonieta, la vecina del cuarto piso, se cruzó conmigo en la escalera esa semana y me preguntó, con esa voz suya de locutora de radio que ella ni nota que tiene, si había ensayado algo nuevo — ya sabe que canto, así que ni me hago la desentendida. Vivir en un edificio donde las paredes son casi de papel te obliga a pensar todo el tiempo en el volumen, en cuánto se filtra, en qué tan bajito puede cantarse algo para que siga sintiéndose como cantar y no como un murmullo. Todavía busco de vez en cuando cómo perder el miedo a cantar solo usando un curso básico de canto, aunque a estas alturas sospecho que el miedo no se va del todo, uno solo aprende a cantar con él adentro, bajito, sin que se note tanto.

La voz se soltó sin pedir permiso
Esa noche en particular la persiana se había quedado, como casi siempre, ni arriba ni abajo, en ese punto medio que nunca decido cerrar del todo. Los audífonos —los de cable, porque nunca compré los inalámbricos— estaban enroscados sobre el brazo del sofá, y el celular quedó apoyado contra la taza que uso de atril improvisado, la misma donde el té se me enfría noche tras noche sin que me acuerde de tomármelo. Sé que existen maneras más técnicas de acomodar una habitación para grabar sin que el sonido rebote tanto, pero mi versión sigue siendo cojines apilados nomás, a puro instinto. Todavía me pregunto por qué se quiebra la voz al cantar y cómo evitarlo en casa, y ya dejé de esperar una respuesta clara, simplemente cuento las noches en que no pasa.
Aquella vez en particular canté dos versos seguidos sin que la voz se cortara ni una vez, algo que nunca me había salido así, tan de corrido, y me quedé un segundo en silencio antes de soltar una carcajada yo sola en el living, como si hubiera hecho trampa en algún examen que nadie me estaba tomando. No es que pase todas las noches (la mayoría de las veces la grabación termina borrada antes de los tres segundos), pero esa vez me dejó con una sonrisa tonta pegada mientras apagaba el celular y me quedaba ahí, sentada, sin ganas de prender nada más.
La pantalla que no prendí esa noche
Si algo saqué en limpio de toda esa maratón desordenada de tutoriales es que el orden nunca fue lo que me faltaba: lo que me sobraba era la costumbre de tratar cada cosa nueva como si tuviera que rendir examen. El Curso Básico de Canto sigue ahí, de fondo, como el marco mínimo que uso cuando quiero algo más armado que simplemente gritar sobre una canción, pero la mayoría de las noches ni lo abro. Apago el celular, dejo la persiana como está, y canto mal a propósito nomás, sin ningún objetivo salvo que el día de la oficina se quede afuera, del otro lado de la puerta, un rato más.