Canto en Casa

Ventajas de usar un curso básico de canto para practicar sin presiones

Rincón de sillón para practicar canto en casa como hobby de principiante, curso básico de canto y bienestar personal en Valparaíso

Mi voz se rompe justo en la parte alta de la canción, esa que suena perfecta en la cabeza y sale hecha trizas apenas se abre la boca. Sigo sin una respuesta ordenada. Lo que sí tengo es un rincón de sillón en un departamento de Valparaíso, un curso básico de canto que abro casi a escondidas entre semana, y una costumbre que se instaló sola: cantar en casa como un hobby de principiante que a nadie le pedí permiso para tener, puro bienestar personal después de ocho horas de oficina.

Antes de seguir, te cuento algo: unos cuantos enlaces de este diario son de afiliado, de una plataforma que se llama Hotmart. Si alguna vez compras un curso a través de uno de ellos, a mí me llega una comisión chica y a ti no te cambia el precio ni un peso. Lo que dejo acá es solo lo que de verdad uso yo, entre té ya frío y auriculares con cable.

Cojines contra azulejos: mi comparación más honesta

Mucho antes de los cojines, probé el baño. Había leído -no recuerdo dónde- que el eco natural de los azulejos ayudaba a sostener el sonido, y una noche, con el viento subiendo por Cerro Alegre y golpeando la ventana, me encerré ahí con el teléfono en la mano. La reverberación existía, sí, pero también existía el frío de las baldosas bajo los pies y la sensación de estarle gritando a una lata de conservas: el sonido rebotaba tanto que ya no sabía si escuchaba mi voz o el eco de mi voz. Salí sintiéndome más ridícula que antes de entrar, y no volví a intentarlo.

Leyendo por ahí después entendí que un rincón bien pensado hace más por la acústica casera que cualquier baño con azulejos, por bonito que suene lo del eco gratis.

Teléfono apoyado en una taza de cerámica junto a auriculares de cable, rincón para cantar en casa como hobby de principiante

El rincón del sillón funciona distinto. Justo detrás del hombro derecho va la muralla de cojines que se traga el eco antes de que rebote hacia la pared. La taza donde apoyo el teléfono para grabar es de cerámica, pesada, así no se resbala ni cuando subo el volumen sin querer. Los auriculares de cable quedan enrollados sobre el brazo del sillón, esperando su turno, y la persiana se queda a media asta, dejando pasar solo un poco de la calle.

Terminé prefiriendo los cojines al azulejo

La diferencia no es solo de comodidad. El baño devuelve eco, pero también devuelve tensión: una está de pie, sin apoyo, pendiente de que alguien golpee la puerta. El sillón, con todo lo cursi que suena, deja el cuerpo quieto, y eso cambia cómo sale el aire. Para mí, el azulejo gana cuando lo que busco es puro ruido, cantar espantoso a propósito nomás para sacarme de encima un día pesado sin pensar en nada más. El sillón gana, en cambio, cuando lo que necesito es sostener algo más largo que una risa suelta -una canción entera, por ejemplo- sin que el eco compita conmigo.

Se lo conté una vez a Ignacia, mi compañera de escritorio en la oficina, y se rió de su propia cara de sorpresa antes de que yo terminara la frase -se ríe fácil de sus propios traspiés, y esa liviandad se contagia. Ella sigue pensando que es raro elegir el sillón por sobre algo con eco de verdad, pero nunca ha probado a cantar de pie sobre baldosas heladas.

El curso básico de canto entra cuando el sillón ya no alcanza

Un martes, cansada de tararear siempre las mismas cuatro canciones, abrí el Curso Básico de Canto [El que abrí un martes] casi sin pensarlo, buscando algo que llenara el rincón del sillón sin que nadie tuviera que escucharme hacerlo mal. Tiene una calificación de 4.4 entre quienes ya lo tomaron, lo cual me tranquilizó un poco, aunque lo que de verdad me convenció fue que arrancaba desde cero absoluto, justo donde estaba yo, sin dar por hecho que ya sabía leer una partitura o que tenía el oído entrenado.

Adentro hay módulos de respiración, de calentamiento para antes de dormir, de afinar el oído, de encontrar dónde vive de verdad mi tono -la mayoría los dejo sin abrir, la verdad, esperando entre las otras pestañas del navegador que nunca cierro. Lo que sí abro seguido es el módulo de cómo pasar de tararear a cantar notas reales sin sentir que me raspo la garganta con lija, porque ese es justo mi problema de siempre.

Manos con una taza de té junto a un cuaderno de letras, ritual de bienestar personal antes de abrir el curso básico de canto

A veces, cantar mal a propósito es lo único que me saca la pesadez de un día lleno de trámites, más que cualquier ejercicio bien hecho del curso. Y a veces el volumen se me escapa igual, por más cojines que ponga.

Antonieta, la vecina del cuarto piso, fue quien una vez tocó mi puerta creyendo que alguien lloraba al otro lado de la pared; cuando le expliqué que en realidad estaba cantando, terminamos conversando en el umbral más rato del que cualquiera de las dos tenía pensado. Ella tiene una voz de radio sin darse cuenta, de esas que suenan bien hasta diciendo cualquier cosa, y por eso me dio un poco de vergüenza que la mía sonara como sonaba esa noche.

La noche en que la parte alta salió limpia, sin pelear

Vista nocturna de los cerros de Valparaíso desde el departamento donde practico cantar en casa

Hubo una noche -no sabría decir si fue muy distinta a las otras- en que estaba haciendo un ejercicio de resonancia del curso, de esos que te hacen sentir tonta imitando el zumbido de una abeja. La parte alta de la canción, la misma que siempre se me cortaba a la mitad, salió sola, limpia, como si nunca hubiera tenido problema en primer lugar.

Alcancé a grabarla, más por costumbre que por otra cosa, y aun así no reconocí del todo esa voz que salía de la grabación -nunca suena como la que yo siento adentro de la cabeza mientras canto.

Sigo sin ser cantante ni querer serlo: cuando me cruzo con el vecino del ascensor y me pregunta si tomo clases, le digo que no con una sonrisa rápida para que no me pida que cante ahí mismo. Pero tener este hobby solitario entre el baño que descarté y el sillón que adopté me dejó algo que no esperaba: la costumbre de explorar los registros de mi voz sin que nadie más tenga que escucharlo ni opinar. Si alguna vez el tarareo sobre los platos ya no te alcanza, quizás valga la pena mirar el mismo curso básico que yo uso, no para sonar mejor de un día para otro, sino para tener un rincón propio -cojines, taza, auriculares- donde equivocarte no le importa a nadie más que a ti.

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