
La nota salió entera esta vez, sin el quiebre de siempre, y no la vi venir.
Llevaba meses insistiendo con este hobby que es solo mío, cantando en casa a solas con los audífonos puestos para que a los vecinos no les toque escuchar mi desarrollo vocal en construcción, y de repente esa frase que siempre se me clavaba salió limpia. Antes de seguir contándote esto, un detalle justo: algunos de los enlaces que vas a encontrar por acá, como el del curso que menciono más adelante, son de afiliados de Hotmart. Si alguien compra a través de mi link me llega una comisión que ayuda a sostener este espacio, y a quien compra no le cambia nada el precio. Son cosas que fui probando yo misma, en estas noches donde la única pregunta real era si mi voz servía para algo más que tararear mientras lavo la loza.
El eco que no perdona cuando canto en casa sin auriculares
Una vez intenté cantar sin auriculares, aprovechando que estaba sola en el depto, pensando que así escucharía mejor mi propia voz sin el filtro del audífono en la oreja. Fue peor. El eco del living me devolvía cada nota como si alguien se estuviera burlando desde la esquina, y terminé más bloqueada que cuando empecé. Desde entonces no lo repito: los audífonos no son solo para que el vecino no sospeche, son la única forma en que logro no escucharme como en una caverna.

Pienso seguido en que el rango vocal de alguien sin entrenamiento debe ser como una prenda que quedó chica, que aprieta justo donde uno querría estirarse. Por eso un día cualquiera abrí el Curso Básico de Canto [El que abri un martes], no buscando ningún milagro sino algo que no fueran los mismos tutoriales sueltos de siempre prometiendo una voz de diva en cinco minutos. La tarde que probé el primer ejercicio de agudos, lo que salió fue un ruido de mueble arrastrándose por el piso, y cerré la aplicación con la cara caliente, como si hasta las paredes se estuvieran riendo.
El cortisol y el canto
Nadie te avisa que el ruido de afuera también forma parte del ejercicio: los perros del techo, la micro subiendo con el motor forzado, el edificio entero que parece escuchar cada suspiro. Cantar aunque sea mal, dicen, ayuda a bajar el cortisol que se acumula después de un día lleno de pantallas y de gente, y siento que algo del aire que pasa por la laringe efectivamente se lleva parte de esa tensión de los hombros.
Durante las semanas más frías hice bastantes ejercicios de respiración que me hacían sentir un poco ridícula, inflando la panza mientras miraba la humedad de la pared, y de a poco dejé de sentir que me ahogaba al final de una frase larga. Ya escribí en otra entrada sobre cómo ampliar el rango vocal en casa con el curso básico de canto, que fue lo que me mantuvo entretenida un buen tramo del invierno. Lo difícil de verdad nunca fue el ejercicio en sí, sino sostenerlo cuando el perro de arriba decide competir conmigo o cuando el cansancio del día gana antes de empezar, y ahí fue donde entendí que mantener la constancia al aprender a cantar por cuenta propia no depende de las horas sino de esos diez minutos en que decides no borrar la grabación altiro.
La noche en que la nota no se quebró
Era una frase que se me había pegado caminando por el Paseo Atkinson de vuelta a la oficina, una nota alta que siempre me obligaba a apretar el cuello hasta que sonaba como un grito ahogado. Esa noche, en vez de empujarla, simplemente dejé que el aire saliera solo. Sentí que la nota salía entera, sin el quiebre de siempre, casi antes de que yo misma la viera venir, vibrando en un lugar de la cara que nunca había notado antes. La rejilla del calefactor dejó escapar un silbido apenas audible al bajar de golpe, como si hasta la casa se hubiera quedado escuchando conmigo.

Le mandé el audio a Vicente Cornejo apenas terminó de grabarse, el contacto con el que llevo semanas intercambiando tomas de práctica, y me contestó con uno de esos mensajes eternos suyos, todo comas y ningún punto, algo como que qué bueno que por fin salió, que no la perdiera, que grabara de nuevo al día siguiente a ver si se repetía. Le di play a la grabación del teléfono una y otra vez esa noche, y por primera vez en meses no la borré apenas terminó de sonar. Ahí estaba, con todas mis imperfecciones de porteña cansada, pero esa nota en su lugar exacto.
La importancia de grabar la práctica
Elba Zamorano, una chica del mismo reto de canciones que sigo dentro de la app, dice que nunca sube un audio sin escucharlo por lo menos tres veces antes, y yo hago justo lo contrario casi siempre: lo borro antes de que termine de sonar la mayoría de las veces, incapaz de reconocer esa voz como la mía. Puede que ahí esté el problema, o puede que simplemente sea así como se siente escucharse de verdad por primera vez.
Hay noches en que canto deliberadamente mal, sin buscar ninguna nota perfecta, solo para que se me pase un día pesado, y curiosamente eso también cuenta como ganancia. Hay ventajas de usar un curso básico de canto para practicar sin presiones, y la que más valoro es esa: nadie te juzga si fallas cien veces antes de que salga una buena. De vez en cuando sigo abriendo el Curso Básico de Canto [El que abri un martes], aunque hay módulos que terminé saltándome porque me parecían demasiado lentos para lo que ya venía practicando sola.
No sé si mañana esa nota va a salir con la misma facilidad, probablemente no, probablemente vuelva a sonar como el mueble de siempre arrastrándose por el piso. Pero ya sé que está guardada en algún lugar de la garganta, esperando que el aire se acomode otra vez, y con eso tengo bienestar de sobra para seguir, entre tanta pantalla y tanta planilla, acá en Valparaíso.