
Durante bastante tiempo pensé que para cantar bien en mi propia casa tenía que sonar exactamente igual a esas cantantes que suenan perfectas en la radio. Cada vez que el día de oficina terminaba y esto se convertía en mi rutina silenciosa: cerrar la puerta del living y quedarme sola con mi voz y el celular grabando. No sé si esa idea me la metí yo sola o si la fui armando a punta de comparar mi versión con la original, hasta quedar agotada y sin ganas de abrir la boca de nuevo.
La respuesta que fui encontrando no tuvo nada que ver con copiar a nadie nota por nota, aunque me demoré en entenderlo. Ya sabes que por acá dejo enlaces de afiliado de vez en cuando, si compras algo a través de ellos recibo una comisión y a ti no te cambia el precio ni un peso, es lo que sostiene este rincón donde canto además del sueldo de administración que paga las cuentas de verdad. Afuera, los cerros de Valparaíso ya estaban casi apagados cuando até cabos esa noche.
La vez que intenté copiar cada nota y me quedé sin voz
Hubo una temporada en que agarré una canción de una cantante que me encanta y traté de replicar cada nota exactamente como ella la hacía, hasta los quiebres, hasta esos adornos que suenan fáciles y no lo son para nada. Grababa, comparaba, volvía a grabar. Después de un rato la garganta me quedaba rasposa y la cabeza llena de ruido, como si hubiera estado compitiendo contra alguien que ni siquiera sabía que yo existía. Terminé esa temporada más apagada que antes, convencida de que mi voz simplemente no daba para eso.
Dejé eso de lado sin decidirlo del todo, más por cansancio que por sabiduría. Seguí cantando igual, pero sin el karaoke exacto al lado, sin perseguir cada nota de otra persona. Ahí la cosa empezó a sentirse distinta, aunque en su momento no le di mayor importancia.

Mi voz grabada suena a una desconocida
Sé que no soy la única a la que le cuesta escuchar su propia voz grabada, es casi un rito de iniciación para quien canta sola en su depto, pero esa noche el problema no fue ese. Ya sabes esa costumbre de analizar tus grabaciones de voz caseras sin borrarlas al toque apenas terminan: a mí me costó agarrarla, pero fue la que me hizo notar el cambio cuando por fin llegó.
Por esos días también abrí, sin mucha expectativa, el Curso Básico de Canto [El que abrí un martes], más por curiosidad que por plan, y lo fui revisando de a poco entre semana, saltándome lo que no me servía. No cambió nada de golpe, pero se quedó ahí, de fondo, sin que le prestara mucha atención.
El puente que por fin no corté a mitad de camino
Había una parte de la canción, el puente, que llevaba tiempo cortando siempre en el mismo punto, la voz se me cerraba ahí como si algo físico me lo impidiera, y yo simplemente paraba y lo dejaba para otro día. Una noche, sin planearlo, seguí de largo. No até el aire de ninguna forma especial ni hice nada distinto que pudiera explicar con palabras. El puente pasó entero, sin el quiebre de siempre, y me quedé mirando la pantalla del celular como si hubiera hecho trampa.
Fue de esas veces en que cantar una nota difícil después de meses de práctica se siente menos a logro y más a sorpresa, algo que llegó justo cuando dejé de estar tan pendiente de que llegara. Y sí, las notas agudas seguían siendo mi punto flojo, aunque de eso prefiero no extenderme acá.
Frente al Ascensor El Peral, una pregunta que no supe responder
Unos días después me topé con una vecina cerca del Ascensor El Peral, de esas personas que corren la Media Maratón de Valparaíso todos los años y que parecen tener una disciplina que a mí se me hace ajena. Me preguntó, medio en broma, si finalmente me había metido a clases de canto, porque me había escuchado una tarde con la ventana entreabierta. Le dije que no, que seguía sola con mi celular y mis audífonos, y ella se rió y dijo que le parecía más raro entrenar sin nadie que te controle el ritmo que cantar sin nadie que te corrija la nota.
Ahí entendí algo: cuidar el volumen para no molestar a los vecinos es una preocupación que comparto con cualquiera que canta encerrada en un depto, pero esa tarde no fue lo que más pesó. Lo que sí pesó fue otra cosa: que cantar mal a propósito, sin ninguna meta, sigue siendo la forma más rápida que conozco de bajarle el volumen a un día pesado de oficina.

Este hobby solitario que dejé de medir con la vara de nadie
También he ido metiéndome de a poco en eso de ampliar el rango vocal en casa, sin apuro y saltándome lo que no me sirve. Dicen que el rincón donde uno canta cambia bastante cómo suena todo, y probablemente sea cierto, aunque de mi propio rincón prefiero no dar detalles, cada quien arma el suyo como puede.

La verdad es que dejé de perseguir una voz que no era la mía, y ahí el canto se sintió menos a examen y más a algo que hago solo para mí. No sé si eso cuenta como una lección, pero es lo único que me queda claro después de tanto ensayo fallido: comparar la propia voz con una ajena, nota por nota, es la forma más segura de no reconocer la propia cuando por fin aparece. Nadie me lo va a agradecer ni me sirve de currículum, es puro bienestar personal, y con eso me basta.
Esta noche lo único que noté antes de empezar fue el borde helado del audífono izquierdo pegado a la oreja, y después ya ni eso. El té se enfrió otra vez, como casi siempre. Mañana hay planillas y llamadas que no eligen si estoy de ánimo o no, pero por un rato largo no fui la administrativa de los informes: fui alguien sosteniendo una nota que finalmente no cortó a mitad de camino. Si alguna vez sientes ganas de probar algo parecido, a mí, para perderle el miedo al silencio de mi propio depto, me sirvió el Curso Básico de Canto, aunque eso ya es cuento aparte.