Canto en Casa

El silencio de Valparaíso y la nota que dejó de pelear conmigo

Cantar en casa como autocuidado creativo: el rincón del sofá donde practico canto en Valparaíso

El teléfono se ladea sobre la taza justo cuando ataco la parte alta de la frase, y por una fracción de segundo pienso que se va a caer al suelo del living. No se cae. Llevo tres años cantando en casa, siempre en este mismo rincón del sofá, y todavía se me acelera el pulso en momentos así, como si fuera la primera vez que grabo algo.

Antes de seguir, la honestidad de siempre: algunos enlaces de este cuaderno son de afiliados de Hotmart, así que si alguien entra al curso que menciono más abajo y lo compra, a mí me llega una comisión del 63% y el precio de esa persona no cambia en nada. Es mi forma de bancarme estas noches escribiendo y cantando sola, mientras el perro de arriba aúlla siguiendo mi ritmo, o quejándose, todavía no sé cuál de las dos cosas.

La noche que el teléfono se cayó a mitad de la mejor toma

Hubo una vez en que sí se cayó. Estaba metida en una toma que se sentía distinta desde la primera frase, con los cojines apilados detrás del hombro derecho para que el eco no volviera tan crudo, los audífonos con el cable plegado sobre el brazo del sofá y la persiana a medio bajar porque a esa hora ya no hay nada afuera que valga la pena mirar. El teléfono resbaló de la taza justo en la parte que más me costaba, golpeó el piso y la grabación quedó cortada a la mitad. Nunca voy a saber si esa iba a ser la toma buena. Desde esa noche reviso dos veces que la taza esté firme antes de empezar, algo que antes ni se me ocurría hacer.

Aquí en Cerro Alegre, que es apenas uno de los 42 cerros que tiene esta ciudad, las noches se quedan en un silencio raro, casi espeso, y ese silencio es lo único que hace posible que yo cante sin que nadie del edificio se entere. A veces, ya tarde, se escucha un silbido apenas perceptible que sale de la rejilla cuando el calefactor se corta solo, y ese sonidito termina metiéndose en las grabaciones si no tengo cuidado. Los cojines ayudan con el eco, aunque no sé si de verdad hacen algo o si es solo que me siento más protegida con ellos ahí.

Teléfono apoyado en una taza de cerámica junto a los cojines del rincón donde canto en casa cada noche

Este hobby personal que empezó tarareando los platos

Todo esto arrancó tarareando mientras lavaba loza, sin ninguna intención detrás. Trabajo en una oficina administrativa, entre planillas que se repiten de una semana a otra, y llegar a casa sin ganas de otra pantalla se volvió una costumbre. Cantar en casa terminó siendo el único rato del día que no es para nadie más que para mí, y eso, con los meses, se transformó en una especie de autocuidado creativo que no sabría explicar bien si alguien me lo preguntara directamente.

Ignacia, mi compañera de escritorio en la oficina, es de las pocas personas que sabe que canto sola en casa; se lo mencioné casi sin querer un día esperando el ascensor. Ella nunca me llena de preguntas cuando saco el tema, solo escucha, y con eso basta. Los audífonos siguen siendo parte esencial de todo esto, porque lo último que quiero es que algún vecino piense que necesito clases urgentes de algo; cantar bajito, con el sonido metido para adentro, es la única manera de que este ritual no se convierta en un problema con el edificio entero.

Abrí el curso un martes que no quería abrir

No soy cantante y eso lo tengo clarísimo. Un martes de otoño, después de un viaje en micro particularmente ruidoso donde se me pegó una melodía que no me soltaba, abrí por fin el Curso Basico de Canto [El que abri un martes]. Lo tenía guardado hacía tiempo, con su valoración de 4.4 mirándome desde la pantalla, y esa noche me decidí. Antes de eso había pasado meses saltando de un tutorial de YouTube a otro sin ningún orden, aprendiendo un pedazo de técnica acá y otro allá que nunca terminaban de encajar entre sí.

La primera grabación que hice esa noche sonaba tan desafinada, tan ajena, que sentí un calor de vergüenza en las orejas y borré el archivo antes de que terminara de reproducirse. Pasó lo mismo con la segunda y con buena parte de las que vinieron después; es raro cómo uno puede llegar a odiar su propio sonido cuando no está acostumbrado a escucharse sin el filtro del ruido de la calle. El curso trae unos minutos de calentamiento antes de cada módulo y algo de trabajo con la respiración, inflando la panza como un globo, que al principio me pareció ridículo y ahora hago casi sin pensarlo antes de sentarme en el rincón.

Esta nota se me resistía tanto

Había una nota justo en el límite de donde mi voz se siente cómoda que llevaba cuatro semanas dándome pelea. Cada intento terminaba en un gallo o en un suspiro débil que me daba una rabia desproporcionada para algo que nadie más iba a escuchar jamás. Esa nota aguda que tanto me costaba, la que llevaba semanas resistiéndose, terminó llegando sola una noche cualquiera, sin aviso ni ceremonia.

Me sentaba con los cojines bien apretados detrás del hombro, con cuidado de no moverme para que el teléfono no se resbalara otra vez, y repetía la frase una y otra vez, un par de intentos fallidos, luego otro más, siempre el mismo quiebre y el mismo dedo yendo directo al botón de borrar. Hubo noches en que canté deliberadamente mal, gritando un poco solo para sacarme de encima el peso de un día pesado en la oficina, pero esa nota seguía ahí, necia, como un desafío que nadie más conocía.

Antonieta tocó la puerta pensando que era llanto

Una noche, en plena mitad de todo esto, tocaron la puerta. Era Antonieta, mi vecina del cuarto piso, que había escuchado algo a través de la pared y pensó que estaba llorando. Cuando le expliqué que en realidad estaba cantando, se quedó ahí, en el umbral, más tiempo del que cualquiera de las dos esperaba, haciéndome un par de preguntas con esa curiosidad suya que nunca cruza del todo la línea hacia lo indiscreto. No fue tan terrible como pensé que sería que alguien me escuchara; fue, más bien, extrañamente cercano, aunque igual esa noche bajé el volumen un poco más de lo habitual.

La grabación que por fin no borré

Pasaron varias semanas de intentos frustrados hasta que llegó una noche particular, de esas en que Valparaíso se queda en un silencio poco común. No hice nada distinto. No calenté más de la cuenta ni me sentí especialmente inspirada. Simplemente me acomodé en mi rincón, me puse los audífonos y dejé que el aire fluyera como explicaban en uno de los videos del curso básico, ese que insiste en que no hay que empujar el sonido sino dejarlo salir solo.

Ataqué la parte alta de la canción y, en lugar del quiebre de siempre, el sonido salió limpio, redondo, sin lucha. Sentí una vibración nítida justo en el puente de la nariz, como si algo se hubiera acomodado por dentro sin pedirme permiso. Le di play a la grabación del teléfono y, por primera vez en meses, no me dieron ganas de borrarla al segundo. Fue esa la toma que me hizo entender la diferencia entre una grabación cualquiera y la que de verdad vale la pena guardar: no es la más afinada ni la más limpia, es la que suena a una misma sin estar peleando contra su propio cuerpo. Esa noche, cuando volví a reproducirla antes de dormir, casi no reconocí mi propia voz, pero por primera vez no la borré.

Lo que me llevo de esta racha

Sigo sin querer ser una 'cantante'. No me interesa ningún escenario ni que nadie me aplauda por esto. Dejar de pelear contra el propio sonido rinde más que cualquier hora extra forzando la nota; en cuanto soltaba el cuerpo, la nota llegaba sola, y esa es la única regla que me llevo de estas semanas. Si estás pensando en algo parecido, mi único consejo es buscarte un rincón cómodo y no exigirte sonar bien los primeros meses.

Si necesitas una guía mínima para no perderte, a mí me sirvió el Curso Basico de Canto [El que abri un martes], sobre todo porque deja avanzar al propio ritmo y no exige nada que no se pueda hacer en pijama. Es básico, sí, aunque a veces lo básico es justo lo que hace falta para volver a escucharse.

Ahora voy a terminarme este té ya helado y guardar los cojines en su sitio. Mañana hay otra jornada de oficina, pero al menos sé que aquí, en mi rincón, tengo un lugar donde el ruido del mundo se apaga y solo queda mi voz, intentando, una nota a la vez, volver a casa.

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