Canto en Casa

Vale la pena el curso básico de canto para aficionados en casa

Vale la pena el curso básico de canto para aficionados en casa: cantar en casa como hobby de adulta

Nueve comas y ningún punto: así llegó anoche el mensaje de Vicente, un contacto que hice hace tiempo en una app de práctica vocal, de Mendoza, que escribe todo pegado, como si el punto final le diera miedo. Me preguntó, sin venir mucho al caso, si de verdad servía de algo eso de cantar en casa sola, sin profesor, o si era solo una manera bonita de perder el tiempo. Antes de seguir con eso: algunos enlaces de este cuaderno son de afiliado, casi todos hacia lo mismo que yo misma me pregunté una noche cualquiera, si de verdad valía la pena abrir este curso; si alguien entra y termina comprando, a mí me llega una comisión y a esa persona el precio no le cambia en nada. Lo cuento porque este hobby de adulta, cantar en casa, sin coro, sin escenario, solo por el bienestar emocional de tener algo mío al final del día, también incluye esa parte, y me parece justo decirlo antes de seguir.

La vez que canté sin auriculares y el eco me cerró la boca

Hubo una noche, antes de todo esto de seguir un curso, en que decidí prescindir de los auriculares. Pensé que estorbaban, que escuchar mi propia voz rebotando directamente en las paredes del living me iba a ayudar a corregirme sola, sin intermediarios. Fue al revés. El eco llegaba medio segundo tarde, como una sombra de mi voz que no coincidía conmigo, y terminé cantando cada vez más bajito hasta que dejé de cantar del todo, a mitad de frase, avergonzada de nada en particular. Grabarme después de esa noche fue peor todavía. Hay algo en por qué no nos gusta nuestra voz grabada que ninguna app te explica del todo, y que yo solo entendí escuchándome de vuelta, una y otra vez, hasta dejar de sentir vergüenza ajena de mí misma. Esa noche del eco fue la que me hizo entender que aprender sola no significaba hacerlo sin ninguna estructura — significaba ir a buscarla por otro lado.

Teléfono grabando una sesión de canto en casa después de intentar cantar sin auriculares

Lo que cambia cuando aprieto play en vez de improvisar sola

Lo distinto de las noches en que abro el Curso Básico de Canto no es que de repente cante mejor — sigo sonando bastante irregular, para qué mentir — sino que dejo de improvisar a ciegas. Hay una secuencia, un orden en el que se supone que conviene calentar la voz antes de exigirle nada, y solo tener ese orden para seguir, sin pensar demasiado, ya cambia la noche. No me voy a poner a explicar aquí cómo se respira ni qué hace el diafragma, porque no soy la persona indicada para eso; solo puedo decir que hay una diferencia física entre forzar el aire desde el pecho y dejar que salga solo, y que esa diferencia se siente antes de entenderse del todo. Tampoco sé mucho de acústica de habitación, salvo que un rincón forrado en tela absorbe distinto que una pared pelada, y que eso se nota apenas empiezas a grabar algo.

Cojines apilados en el rincón de un sofá para amortiguar el eco al cantar en casa

El peso silencioso de aprender a cantar en casa sin nadie que corrija

Aprender así, sin profesor, tiene un costo que nadie menciona hasta que ya estás adentro: eres tu propia jueza todo el tiempo, y a veces esa jueza está cansada y solo quiere tararear mal a propósito para sacarse de encima un día pesado en la oficina. Los vecinos son otro cálculo silencioso. Los auriculares están puestos precisamente para que nadie del otro lado del muro se pregunte qué estoy haciendo ahí adentro a esas horas. Cuando alguien me pregunta cómo aprender a cantar en casa desde cero, lo primero que digo es que el camino es más lento si vas sola, y que esa lentitud es, literalmente, el precio de la privacidad.

Canté la parte alta y no se quebró nada

Hay una fracción de segundo, justo antes de ir por el agudo difícil, en que la garganta se me cierra sola, como si dudara antes que yo. Casi siempre gano esa pelea a medias, con la nota saliendo torcida o cortada a mitad de camino. Pero una noche, cantando una canción que llevaba tiempo evitando, llegué a la parte alta sin pensarlo tanto y salió limpia, sin el quiebre de siempre, como si mi voz hubiera decidido dejar de discutir conmigo justo esa vez. Me quedé con el teléfono en la mano sin saber si grabarlo de nuevo o dejarlo tal cual. Se lo mandé a Elba, una chica de Valdivia con la que coincido en un reto de canciones dentro de una app — ella nunca sube un audio sin escucharlo por lo menos tres veces antes, así que le tomó un rato responder, pero cuando lo hizo solo escribió que se le había puesto la piel de gallina. De los ejercicios para no desafinar que uso, ninguno explica ese instante exacto; uno solo lo reconoce cuando le pasa.

Taza de té junto a un cuaderno de notas musicales durante una noche de canto en casa

Lo que me llevo del rincón del sofá

No sé si esto responde la pregunta de Vicente, la de si sirve de algo cantar en casa sola. Lo que sí sé es que la neblina que hoy se tragó Cerro Alegre entero no me impidió sentarme un rato a intentarlo, y que la diferencia entre la noche del eco que me cerró la boca y la noche de la nota que salió sola no fue el talento, sino tener algo, aunque fuera pequeño, que seguir. Si te dan ganas de probar ese mismo camino para aficionados, no hace falta gran cosa: un rincón donde nadie más te escuche, un rato después del trabajo, y la disposición a sonar mal un par de veces antes de que algo, alguna noche, te salga sin pelear.

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