
El cojín se acomoda solo con un empujón del hombro derecho, casi sin que me dé cuenta de que ya llevo cantando la misma frase tres veces seguidas. Canto en casa desde hace tiempo, sin profesor y sin partitura, nomás yo tratando de que el timbre de mi voz suene menos a lata y más a algo mío. Nadie me lo enseñó; lo fui armando sola, grabándome y borrando casi todo, hasta que en algún punto se volvió la costumbre que me hace bien al final de un día largo de oficina.
No soy cantante ni tengo pretensión de serlo, y lo digo rápido cuando hace falta, como la vez que el vecino del segundo piso me preguntó si tomaba clases después de escucharme un domingo. Le dije que era la radio. No tenía nada que ver con clases: era solo yo en el rincón del sofá, jugando con algo que nadie más iba a oír.
El timbre que no reconocí en la grabación
Las primeras veces que me grabé, lo que salía del teléfono era una voz metálica, chica, como si fuera otra persona metida ahí adentro. Dicen que uno se escucha distinto grabado porque el sonido no llega igual por dentro que por fuera, y con esa explicación me quedo, no necesito entender la física para saber que esa vocecita de lata no era yo completa. Trabajar el timbre de mi voz no fue una decisión con plan detrás, fue puro no querer asustarme cada vez que apretaba play.

Cuando traté de sonar como otras
Hubo una etapa en que traté de copiar nota por nota a cantantes que me gustaban, dejando la canción original de fondo e intentando calzar mi voz encima, como un calco. No funcionó. Sonaba impostada, como usando la chaqueta de otra persona, y terminaba más frustrada que al principio. Dejé esa idea de lado casi con alivio — mi voz no iba a sonar a la de nadie más por mucho que insistiera, y perseguir ese parecido solo me hacía escuchar puros defectos.
Con las notas altas dejé de pelear en algún momento, ya ni sé bien cuándo empezó. Alguien me contó una vez que el timbre tiene que ver con un montón de cosas que uno ni mira normalmente — la boca, la faringe, hasta dónde pones la lengua — pero yo solo sentía que algo cambiaba de lugar adentro cuando dejaba de apretar la garganta. No sabría explicarlo mejor que eso; simplemente, una que otra vez, la nota salía sin que la persiguiera.
Se me pega una canción en el Unimarc de Avenida Brasil
Hay una canción que se me pega siempre que paso por el Unimarc de Avenida Brasil a comprar algo después del trabajo — suena en los parlantes del local y se me queda enredada en la cabeza todo el camino de vuelta. La tarareo bajito entre los pasillos sin darme cuenta, hasta que una cajera me miró raro una vez y tuve que fingir que tosía. Sin proponérmelo, ahí también voy entrenando el oído para cantar afinada sin salir de tu living, aunque sea solo tarareando jingles de supermercado.
Pienso a veces en la vecina del tercer piso, que corre la Media Maratón de Valparaíso cada año. Entrena sola, temprano, sin que nadie la vea ni la aplauda, y por alguna razón eso me hace sentido. Lo mío con la voz se le parece: algo que hago sin público y sin meta clara, solo porque de algún modo me ordena el día.

El audio del martes que no borré
Para la décima semana de grabarme casi todas las noches, ya tenía encima una pila de audios borrados que ni recuerdo. El martes pasó algo distinto: terminé de cantar, con el dedo casi tocando la pantalla para borrar, y no lo hice. Lo dejé ahí, guardado, sin la mueca de siempre.
Lo volví a escuchar al día siguiente en la micro, con los audífonos puestos, y seguía sin darme vergüenza — raro, porque normalmente el segundo escuchazo era peor que el primero. Ese audio del martes se quedó guardado, el primero en sobrevivir más de un día completo.
Si algo me queda claro con todo esto es que el timbre no cambia por perseguirlo de frente — cambia cuando dejo de estar tan pendiente de corregirlo. Analizar mis grabaciones de voz caseras para mejorar sin juzgarte terminó siendo la única forma de avanzar sin nadie que me corrigiera.
También aprendí a mirar distinto el quiebre de la nota, esa parte que antes me daba vergüenza. Ahora trato de entender por qué se quiebra la voz al cantar y dejar que ese quiebre sea parte del paisaje, no un fracaso que hay que esconder.
El perro de arriba todavía aúlla cuando llego a las notas que no domino, y me da risa sola en el sofá. No importa. Cantar en el depto se ha vuelto mi manera de usar el canto para desconectar del trabajo administrativo cada tarde, el único rato del día en que no soy la administrativa de Valparaíso, solo una voz buscando su forma en la penumbra del rincón del sofá.