Canto en Casa

Ejercicios para no desafinar al cantar notas agudas sin esfuerzo

Ejercicios de voz en casa para notas agudas sin desafinar, técnica vocal para principiantes

Dos versos, uno detrás del otro, sin que la voz se quebrara ni una vez: anoche fue la primera vez que me pasó eso, y me quedé con una risa floja en el pecho que no supe dónde poner. Cantar en casa después del trabajo se ha vuelto mi manera de bajar la marea del día, y estos ejercicios de voz que fui armando sola, sin nadie que me corrigiera, casi nunca me habían dado una sorpresa así. La lluvia seguía cayendo afuera con esa insistencia gris de Valparaíso en invierno, y por primera vez sentí que mi garganta no estaba peleando conmigo.

La nota se me rompe en el mismo sitio

Llevo tiempo dándole vueltas a por qué el quiebre aparece siempre más o menos en el mismo punto de la canción, nunca antes ni mucho después. Alguien en un foro lo explicaba como el lugar exacto donde la voz de pecho le pasa la posta a la voz de cabeza, un cambio de marcha que cada persona tiene en un sitio distinto y que, según leí, se va moviendo con el tiempo, no es fijo ni siquiera para la misma garganta. Una tarde de esas en que el trabajo administrativo me dejó la cabeza vacía, me puse a buscar sobre el rango vocal promedio de la gente, más por curiosidad de oficina que por ganas reales de entender la parte técnica; nunca fui muy de estudiar estas cosas a fondo.

Grabando ejercicios de voz en casa con el teléfono, rutina de canto casera en Valparaíso

Una clase grupal, una sola sesión

Antes de todo esto probé algo distinto: me anoté en una clase grupal de canto, de esas que arman para principiantes los fines de semana, con la idea de que tal vez ahí encontraría el truco de una vez. Duré una sesión. Salí sintiéndome más observada que nunca, con la sensación de que todos escuchaban mis gallos mientras yo trataba de imitar a la profesora, y no volví. No fue un drama ni una tragedia; simplemente entendí que ese formato no era para mí, que necesitaba el rincón del sofá y nadie mirando para siquiera intentarlo. En esa única clase alguien mencionó el diafragma como si fuera un músculo que hay que domar a la fuerza, y salí de ahí con la mandíbula más tensa que antes de entrar.

El audio que se me escapó

El domingo pasado caminaba por la Feria de las Pulgas de Playa Ancha sin buscar nada en particular, solo dejando pasar el rato entre puestos de discos viejos y ropa usada, cuando un vendedor se puso a cantar fuerte y desafinado mientras acomodaba sus cosas, sin ningún pudor. Me quedé mirándolo un rato, casi con envidia de esa libertad. Esa misma noche le mandé un audio a Elisa, mi amiga de toda la vida que ahora vive en Santiago, y sin darme cuenta dejé la grabación corriendo mientras tarareaba una nota que llevaba días esquivando. Ella no se anduvo con rodeos: me contestó que sonaba mejor cuando no sabía que la estaban escuchando, y que dejara de borrar tomas por vergüenza. Cantar así, mal a propósito algunas noches, es también una forma de bajarme el estrés acumulado de la oficina sin pedirle permiso a nadie.

Aflojar la mandíbula, no apretarla: así terminaron mis ejercicios de voz

Buscando cualquier cosa sobre cómo aprender a cantar en casa desde cero sin tener profesor una noche de esas en que no tenía ganas de nada, me topé de pura casualidad con la idea de aflojar la mandíbula en vez de apretarla, como si fuera a bostezar a medias. La probé sin mucha fe. Apretar la guata, tensar el cuello, todo eso que había hecho durante meses no servía de nada; lo que cambió algo de verdad fue soltar. No es una técnica que domine ni que sepa explicar bien, apenas entiendo por qué funciona, y tampoco pretendo que sea la respuesta para todos, pero desde que dejé de forzar el aire hacia arriba, las notas altas dejaron de sentirse como una pelea.

Justo antes de sentarme a intentarlo hago un par de sonidos tontos, casi un suspiro largo, algo parecido a lo que cualquiera haría para despertar la voz antes de hablar en una reunión. Nada elaborado, solo un rato corto para que el cuerpo entienda que ya empezamos.

Postura relajada en el sofá para cantar notas agudas sin tensión, técnica vocal para principiantes en casa

Marcelo escribió desde Concepción, pocas palabras

Hace poco me volvió a escribir Marcelo, que lee desde Concepción y nunca manda mensajes largos, pero lo poco que escribe siempre cae justo en el centro: esta vez me contó que a él tampoco se le pasa del todo esa cosa de no reconocer la propia voz en una grabación, ni siquiera con el tiempo. Le respondí que a mí igual me sigue pasando, aunque ya no me paraliza como antes. No sé si el rincón donde canto ayuda a que el sonido se sienta más cercano o más raro, pero sospecho que tiene algo que ver. Sigo cantando con los audífonos puestos, sobre todo pasadas ciertas horas, porque el vecino de al lado no tiene por qué escuchar mis intentos ni yo tengo que darle explicaciones a nadie.

Agua y té frío, ritual de bienestar emocional antes de los ejercicios de voz en casa

No hubo truco, dejé de pelear

Anoche, cuando llegaron esos dos versos sin ningún quiebre, no fue por haber encontrado por fin la técnica vocal perfecta ni por haber sumado no sé cuántas horas de práctica; fue, creo, porque por primera vez no estaba pendiente de si sonaba bien. Me reí sola en la oscuridad del living, un poco sorprendida de mí misma, y me quedé ahí sentada un buen rato sin ganas de grabar nada, solo de quedarme con esa sensación. Ya escribí antes sobre el silencio de Valparaíso y la nota que dejó de pelear conmigo, y esto se sintió parecido, aunque nunca exactamente igual dos veces. No tengo un método que ofrecer ni una lista de pasos que sigan funcionando siempre; lo único que puedo decir es que cuando dejo de tratar mi voz como algo que hay que domar, algo de bienestar emocional se cuela entre tanto Excel y tanto gris, aunque sea por un rato corto y aunque nadie más que el perro de arriba lo escuche.

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