Canto en Casa

Por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa

Mujer cantando en casa y escuchando después su voz grabada en el teléfono
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¿Por qué la voz que suena dentro de mi cabeza cuando canto en casa no es la misma que después sale del teléfono? Llevo tiempo dándole vueltas a esa pregunta sin encontrarle una respuesta que me deje tranquila del todo. Cantar en casa, sola, sin ninguna técnica vocal básica de por medio, se ha convertido en una de las pocas cosas que hago solo por mi propio bienestar personal en semanas que se sienten todas iguales. Y aun así, cada vez que aprieto play sobre mi voz grabada, algo se me encoge por dentro, como si una desconocida se hubiese robado mi voz para cantar peor de lo que yo canto.

Con el tiempo llegué a una posición sobre esto que no es una solución, pero sí una manera de vivir con la incomodidad: las dos voces son reales, la que siento cantando y la que queda grabada, solo que llegan a mis oídos por caminos distintos, y una de ellas dice más de lo que en realidad canto que la otra. Antes de seguir, aclaro que algunos enlaces de esta entrada son de afiliado, casi todos de Hotmart, y que si alguien cae en algo que yo misma he usado el precio no le cambia en nada.

Cantar en casa y no reconocer lo que sale

Cuando canto, mientras lavo loza o cuelgo ropa, la sensación es cálida, casi generosa conmigo misma. La nota sube, se acomoda, y yo la siento entera adentro del pecho. Hace unas semanas caminaba por el Paseo Atkinson con una canción pegada en la cabeza, tarareándola bajito para no llamar la atención, y sonaba perfecta ahí, en mi cráneo, con ese eco propio que solo yo escucho. El problema empieza después, cuando agarro el teléfono, aprieto grabar y trato de repetir ese mismo momento para nadie más que para mí.

Ahí aparece la primera grieta entre las dos versiones de mi voz. La que canto y la que grabo no son la misma persona, y esa distancia es, sospecho, buena parte de por qué sigo insistiendo en hacerlo cada noche que puedo: cantar acá adentro sigue siendo mi manera de bajarle el volumen al estrés que junto en la oficina, aunque de eso ya he escrito en otra entrada de este mismo diario. El perro de arriba, que aúlla apenas subo a los agudos, es el único testigo que no juzga.

Teléfono grabando mi voz mientras canto en casa, apoyado sobre una taza en la mesa

¿Por qué mi voz grabada no se parece a la que tengo en la cabeza?

Buscando una explicación que no fuera solo vergüenza, di con algo que tiene más sentido del que esperaba. Cuando cantamos escuchamos nuestra propia voz por dos caminos a la vez: uno es el aire normal, el mismo que le llega a cualquiera que esté cerca, y el otro pasa directamente por los huesos del cráneo. Esa conducción ósea le agrega grave a lo que escuchamos de nosotras mismas, como un filtro interno que nadie más recibe. Uso auriculares para no molestar a los vecinos, y resulta que son precisamente esos auriculares los que me cortan ese canal interno: al taparme los oídos, la voz que me llega ya no trae ese refuerzo grave del hueso, y lo que queda grabado es más delgado, más parecido a como me escuchan los demás y menos a como me escucho yo.

Es un dato que explica bastante, aunque no arregla nada del todo: sigo sintiendo un golpe raro cada vez que escucho el resultado. Lo noto sobre todo en las notas más graves, esas que casi puedo sentir vibrar en la loza donde descansa el teléfono cuando grabo, un temblorcito mínimo que después, en la grabación, se pierde por completo junto con el grave que yo sí alcancé a sentir mientras cantaba.

El micrófono del portátil que lo echó a perder

Antes de resignarme a grabar con el teléfono, probé con el micrófono del portátil, pensando que por ser más grande sonaría mejor. Fue un error del que me arrepentí enseguida. El sonido salió metálico, con un eco raro de habitación vacía, como si estuviera cantando adentro de un tarro. Ni siquiera se entendía bien la letra en las partes más bajas, y tuve que borrar esa sesión completa porque no había nada ahí que se pareciera a lo que yo había sentido cantando.

Lo curioso es que, en medio de tanto intento fallido, hay noches en que pasa lo contrario. Agarré valor hace poco, canté una frase que llevaba tiempo esquivando por miedo a que se rompiera arriba, y salió entera, sin ningún aviso previo, como si el cuerpo hubiese decidido colaborar sin pedirme permiso primero. No fue por haber trabajado antes la respiración ni nada parecido a una técnica; simplemente la nota llegó completa, sin partirse, y me quedé un segundo en silencio sin saber bien qué hacer con eso.

Vicente, Elba y otras voces que tampoco se reconocen

No soy la única con este problema, por lo que puedo ver. Vicente Cornejo, un contacto que hice hace tiempo en una comunidad de práctica vocal online y que vive en Mendoza, me manda de repente audios cantando covers ochenteros con una convicción que da risa y ternura al mismo tiempo. Cuando le comento que odio escucharme grabada, me dice que a él le pasa exactamente lo mismo, aunque nunca lo dejaría de hacer.

Algo parecido me dijo Elba Zamorano, otra participante del mismo reto de canciones que sigo dentro de una aplicación. Es de esas personas que hasta para hablar de cantar en la ducha suena analítica, como si estuviera armando una planilla en la cabeza mientras habla. Ella también canta bajito por los vecinos, sin nada de calentamiento previo, algo parecido a lo que ya conté en cómo aprender a cantar en casa desde cero sin tener profesor, y coincide conmigo en que el rincón donde uno graba importa tanto como la voz misma, aunque ninguna de las dos se ha puesto a estudiar en serio la acústica del lugar.

Una de esas noches en que andaba dándole vueltas a todo esto, terminé abriendo de nuevo el Curso Básico de Canto que tenía guardado hace rato, más por curiosidad que por otra cosa. No lo abrí buscando arreglar mi voz grabada; solo quería tener algo sonando de fondo mientras ordenaba la cocina, y terminé cantando encima sin darme cuenta.

Cojines en la esquina del sofá que uso para cantar en casa sin que se escuche tanto eco

De a poco he ido sumando pequeños hábitos sueltos, no un método, solo cosas que anoto para mí. Hay ejercicios puntuales que menciono en otra entrada sobre ejercicios para no desafinar al cantar notas agudas sin esfuerzo, que uso cuando la parte alta de una canción me da miedo, y hay noches en que sólo quiero recordar por qué empecé, así que releo lo que escribí sobre el silencio de Valparaíso y la nota que dejó de pelear conmigo. Nada de eso resuelve la incomodidad de escucharme grabada, pero ayuda a que no sea lo único que noto.

¿Cuándo le creo a mi cabeza y cuándo le creo al teléfono?

Con el tiempo he llegado a una especie de acuerdo interno entre las dos voces: cuando canto, le creo a la que siento, porque esa es la que me dice si la nota salió con miedo o sin él, si el cuerpo estaba cómodo o tenso. Cuando algo no me cuadra y necesito saber si desafiné de verdad o solo me lo pareció, le creo a la grabación, aunque duela un poco escucharla. Uso una para sentir y la otra para revisar, y dejé de pedirles que sean la misma cosa.

Sigo sin tener una respuesta definitiva sobre cuál de las dos es la voz "real", pero al menos entiendo por qué compiten entre sí. A veces esa misma curiosidad me hace volver a abrir el mismo Curso Básico de Canto por las noches, no porque piense que ahí está la solución a nada, sino porque es una excusa más para seguir cantando un rato antes de apagar la luz y dejar que la casa vuelva a quedar en silencio.

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