
El tazón donde apoyo el celular tiene una mancha de labial que no sale con nada. Ahí queda apoyado el teléfono cada vez que hago algo de grabación móvil, cantando bajito para nadie más que la pared del living. Le digo mi rincón de canto en casa, aunque suena más pomposo de lo que es: dos cojines, un tazón viejo y la costumbre de hablarle mal a mi propia grabación apenas termina.
Antes de seguir, algo que prefiero dejar dicho de una vez: hay enlaces de afiliado de Hotmart repartidos en este cuaderno, y si alguien termina comprando algo desde acá, a mí me cae una comisión sin que el precio le cambie a nadie. Con eso pago, más que nada, las tardes que me quedo probando aplicaciones nuevas en el celular.
El computador se quedó fuera del asunto casi de inmediato
Probé primero con el notebook, porque me pareció lo más lógico: pantalla grande, carpeta ordenada, la sensación de que estaba haciendo algo serio. El micrófono integrado captó mi voz con un sonido metálico, aplastado, como si cantara adentro de un tarro. Escuché esa primera toma una sola vez y la borré al segundo, con esa vergüenza que no se aguanta ni sentada.
Ese primer intento sirvió igual: entendí que el problema no era solamente el aparato sino la habitación entera, con paredes lisas que devuelven el eco sin filtrar nada. El celular, en cambio, se puede mover, esconder entre cojines, apoyar donde el rebote moleste menos.
El rincón de cojines le ganó al escritorio
La respuesta corta es que el escritorio no perdona y el sofá sí. Arrastré los cojines hasta un rincón, encontré la altura justa apoyando el celular contra el tazón, y de ahí no me he movido. Leí en algún momento sobre cómo mejorar la acústica de una habitación para grabar voces caseras y me quedé solo con la parte que podía hacer sin comprar nada: amortiguar con lo que ya tenía en casa.

Grabar con la app que trae el teléfono por defecto sale comprimido, así que mi voz quedaba con ese aire de radio vieja, apretada y sin cuerpo. Cambié a una aplicación de grabación directa que deja elegir formato WAV con más calidad, y la diferencia se nota altiro, aunque yo no entienda mucho de la parte técnica. Ahí fue también cuando abrí el Curso Basico de Canto que tenía guardado hace rato, no tanto para aprender canto en serio sino para entender por qué se me apretaba la garganta antes de darle a grabar. Bastó eso para notar que respiraba mal, un tema que da para más de lo que puedo meter acá.
Auriculares puestos, teléfono callado ante todo lo demás
Sin auriculares, la voz se mezcla con cualquier ruido de fondo, hecho un solo bulto sonoro. Puestos, en cambio, el celular solo me escucha a mí, y ese silencio ayuda a notar si algo salió bien o se quedó corto a mitad de camino. Aparte de la calidad, hay algo bastante más simple detrás de tanto auricular: no quiero que el vecino de al lado tenga que aguantar mis intentos, la logística completa de cantar sin que se note es cuento aparte.
Por una app de práctica vocal conocí a Vicente Cornejo, que vive en Mendoza y manda su audio de la semana sin falta, más constante que yo con eso. Y en un reto mensual de canciones dentro de otra app apareció Elba Zamorano, que siempre menciona la lluvia de Valdivia en cualquier comentario que deja. Ninguno de los dos canta mejor que yo, creo, pero los dos escuchan distinto, y eso a veces pesa más que cualquier configuración de audio. De por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa ya hablé en otra entrada, así que esta vez lo dejo pasar de largo.

Escuchar el audio del martes y no borrarlo al toque
No hago ningún calentamiento antes de grabar, más allá de tararear mientras lavo los platos, y las notas agudas siguen siendo terreno que se me resiste, ni voy a intentar explicarlo hoy. Lo que sí puedo contar es lo que pasó con un audio de un martes cualquiera: llegó el momento de escucharlo de vuelta y mi dedo se quedó quieto sobre el botón de borrar, sin apretarlo, por primera vez que yo recuerde. Cantar así, mal si quiere, es puro bienestar personal para sacarme de encima un día pesado de oficina, no una lección de técnica vocal básica que quiera presumir.
Cada herramienta cumple un propósito distinto y no las mezclo. Si solo quiero descargar el día, agarro el celular tal cual está y canto sin pensar en el formato. Si en cambio quiero guardar algo que valga la pena mandarle a Vicente o escuchar después con oídos menos duros, me tomo el minuto extra: auriculares, la app buena, el Curso Basico de Canto abierto al lado por si la voz no me responde a la primera.

Canto en casa, no carrera de cantante
Una tarde, haciendo las compras en el Unimarc de Avenida Brasil, se me pegó una canción que después no pude sacarme ni grabando. Esas cosas no las resuelve ninguna aplicación. Lo que sí resuelve la parte técnica es más simple: un celular decente, algo blando alrededor para matar el eco, y la paciencia de borrar cien tomas antes de quedarte con la ciento uno.
Si te da curiosidad cómo sigo con esto sin morir en el intento, dejo por acá lo que pensé sobre vale la pena el curso básico de canto para aficionados en casa; el balance completo lo escribí en otro momento, con la cabeza más fría que ahora. Por hoy me basta con el tazón, la mancha de labial que no sale, y las ganas de intentarlo una vez más antes de que se enfríe el té.