Canto en Casa

Cómo pasar de tararear a cantar notas reales sin forzar la garganta en casa

Cómo pasar de tararear a cantar notas reales sin forzar la garganta en casa, canto en casa desde el sofá

Un tarareo puede dejar de ser tarareo y convertirse en una nota que se sostiene sola, sin que la garganta se cierre como un puño, pero no tengo la respuesta clara sobre cómo sucede. No pretendo tenerla tampoco. Lo que tengo es este rincón del sofá donde canto en casa casi todas las noches que puedo, sin ninguna técnica vocal de principiante detrás, sin método, buscando nomás algo de bienestar personal que no dependiera de otra pantalla después de ocho horas de oficina. Un hobby sin pantallas, le digo yo, aunque en la práctica el celular apoyado en la taza cuenta como pantalla igual — solo que esta vez graba en vez de mostrarme algo.

El rincón del sofá y la taza de cerámica

Lo único que tengo, después de tanto ensayo torpe, es una sospecha: la nota no llega cuando la persigo con fuerza, llega cuando dejo de vigilarla tanto. Detrás del hombro derecho tengo un montón de cojines apilados, no por decoración sino porque absorben el eco que si no rebota feo contra las paredes vacías. El teléfono queda metido dentro de una taza de cerámica sobre la mesita auxiliar, algo chueco, grabando sin que yo tenga que sostenerlo con la mano. Los audífonos, con el cable ya medio retorcido de tanto enrollarlos mal, quedan botados sobre el brazo del sofá, y la persiana se queda a medio bajar, ni cerrada del todo ni abierta — un punto intermedio que se siente justo para algo que todavía no quiero que nadie oiga completo.

El té se enfría ahí al lado, siempre, porque me distraigo escuchando la toma anterior antes de animarme con la siguiente. Llevo tres años metiéndome a este rincón casi todas las semanas que el ánimo me alcanza, y todavía me sorprende que algo tan chico como sentarme ahí cambie el genio de un día entero de planillas.

Celular grabando canto en casa, apoyado en una taza de cerámica junto a un té frío

Dejé la clase grupal después de la primera sesión

Antes de este rincón probé algo distinto: una clase grupal de canto, de esas que arman en un salón con sillas puestas en semicírculo. Fui una sola vez. La instructora pedía que cantáramos todas la misma frase al mismo tiempo, mirando de reojo quién desafinaba, y sentí que se me cerraba algo por dentro — no la garganta esa vez, sino las ganas. No volví más. No fue ningún drama ni hay mucho que contar en detalle: simplemente entendí ahí que lo mío necesitaba puertas cerradas y a nadie escuchando, aunque esa persona estuviera puesta ahí justo para no juzgar a nadie.

¿Técnica vocal de principiante? Casi ninguna, y aun así algo cambió

No sigo ninguna técnica vocal de principiante, al menos no una que tenga nombre propio. Sé que la voz humana en general se mueve, dicen, entre los 85 a 255 Hz, un dato que leí una vez por pura curiosidad y que no me sirvió de nada la noche en que una nota se me quebró a mitad de camino. Lo que sí noto, cada vez, es que hay una nota alta particular que se resiste más que las demás, casi siempre la misma, y que un segundo antes de ir por ella la garganta se me tensa sola, como si dudara antes que yo. Ahí es donde la suelo perder.

También he ido notando que el aire tiene algo que ver — cuando respiro apurada, sin darme cuenta, todo sale más apretado — pero no sabría explicarlo mejor que eso, y prefiero no inventarme una teoría que no manejo.

La laringe se me pone dura como un puño cerrado en esos momentos, y el rincón del sofá, con toda esa tela absorbiendo el sonido, ayuda más de lo que debería a que ese puño se afloje un poco — no sé si es la acústica del lugar o solo la costumbre de estar ahí sola, sin nadie mirando.

No tengo ningún calentamiento fijo antes de empezar, ni ritual armado, aunque a veces pienso si debería seguir alguna rutina de canto para aficionados que no quieren cantar en público nunca, solo para no improvisar cada noche desde cero.

Cantando mal a propósito entre semana

Hay noches en que llego de la oficina tan cansada que ni siquiera lo intento bien a propósito. Canto mal, deliberadamente mal, con voz de caricatura, solo para sacarme de encima un día pesado sin explicarle a nadie por qué.

Hasta se me escapa fuera del departamento sin que me dé cuenta: el otro día iba tarareando por el pasillo de las conservas en el Unimarc de Avenida Brasil, y una señora con el carro lleno se me quedó mirando como si hubiera hecho algo raro. Puede que lo haya hecho.

A veces le mando estos audios a Elisa, una amiga de toda la vida que ahora vive en Santiago y con la que hablo casi solo a punta de audios larguísimos de WhatsApp. Tiene un oído clínico, nota cualquier cosa que suene distinto antes de que yo misma me dé cuenta, y esa vez me escribió de vuelta diciendo nomás que algo en mi voz se había aflojado, sin que yo le hubiera contado nada todavía.

Después de eso empecé a mirar de reojo algunas herramientas y aplicaciones para grabar voz con el celular y mejorar, aunque la taza de cerámica sigue siendo, la verdad, mi mejor equipo de grabación hasta ahora.

El audio que no borré

Hay un audio de un martes cualquiera que sigue guardado en mi celular, sin que lo haya borrado, y eso solo ya es raro en mí: normalmente aprieto eliminar apenas termina de sonar mi propia voz, casi antes de escucharla entera. Esa vez no. Lo dejé ahí, lo escuché de nuevo al día siguiente y no me dio esa vergüenza de siempre.

Entiendo por qué a la mayoría le cuesta escucharse grabada — a mí también me pasa casi siempre, esa sensación de que la voz que sale de la grabación le pertenece a otra persona. Un lector de Concepción, Marcelo Peñailillo, me escribió una vez después de leer justo sobre eso: me contó que él canta en el auto camino al trabajo, nunca en su casa, como si el auto fuera el único lugar donde su propia voz no le sonara ajena.

Uso audífonos siempre, sin excepción, porque el depto tiene paredes delgadas y no quiero que nadie del edificio tenga que aguantar mis intentos sin haberlo pedido; cantar bajito por los vecinos es casi una regla no escrita en este rincón, aunque a veces el perro de arriba se suma igual, aullando en algún momento inoportuno.

No sé si ese martes cambió algo de fondo, ni si hay una fórmula escondida detrás. Lo que sé es que la próxima nota difícil probablemente se me va a resistir igual, y que voy a seguir grabando de todos modos: cojines detrás del hombro, taza de cerámica, persiana a medio bajar, sin apurar nada.

Artículos relacionados