
La rejilla del calefactor suelta un silbido apenas perceptible cuando se apaga sola, y esa fue la única señal de vida en el depto durante un buen rato. Nada de pantallas, nada de correos pendientes: solo el impulso de soltar un sonido que no fuera para nadie más que para mí. Cantar en casa se convirtió, sin que lo planeara demasiado, en el hobby solitario que sostiene mis noches, una especie de salud mental de bolsillo que no le debía explicaciones a nadie.
Antes de seguir: un par de los enlaces que voy a dejar acá son de afiliado, de un programa que se llama Hotmart. Si alguien termina comprando el curso que abrí una tarde cualquiera, tratando de entender por qué mi voz hacía lo que hacía, a mí me llega una comisión chica y a esa persona el precio no le cambia en nada. Lo probé yo, en mis propias noches de sofá, no porque quisiera evaluarlo para nadie, sino porque me hacía falta algo que no fueran solo tutoriales sueltos. Lo que no lleva afiliación lo aclaro siempre al final del texto.
Un hobby solitario para los días grises de Valparaíso
Mi trabajo es de oficina, administración pura, planillas y correos que podrían haber sido una frase corta. En invierno los días se aplanan: pantalla del trabajo, pantalla del celular en la micro, pantalla otra vez en la casa. En algún momento sentí que me estaba disolviendo un poco, como si fuera solo un trámite que camina de un lado a otro. Por eso cantar por hobby para desconectarse de las pantallas después del trabajo terminó siendo, más que una frase bonita, la única parte del día que era mía y de nadie más.
La vecina del lado tiene un balcón lleno de macetas y cultiva hierbas ahí sin falta; algunas noches el olor a algo verde se cuela por la ventana. Vivo en Cerro Alegre, en un edificio donde las paredes cuentan cada paso del piso de arriba, y esa mezcla - el cerro, el frío de agosto, las plantas de la vecina - hace que cantar puertas adentro se sienta casi clandestino.

Lo que sucedió con la app de teoría musical
Un fin de semana particularmente aburrido me bajé una aplicación de teoría musical, con la idea de por fin entender qué eran esas notas que se me escapaban. Duré poco: entre clave de sol, intervalos y ejercicios que parecían de otro idioma, me perdí y terminé borrándola sin culpa. Lo mío nunca fue entender la teoría, fue simplemente soltar la voz -- y por qué cantar mal a propósito ayuda a soltar la tensión del día sigue siendo la explicación más honesta que tengo para mis noches de voz fea a propósito. Canto bajito, eso sí, pensando siempre en las paredes finas del edificio y en que el vecino de al lado no tiene por qué escuchar mis intentos.
Abrir el curso una tarde cualquiera
Ese curso que mencioné al principio lo abrí sin mucha ceremonia, después de una reunión de trabajo que se sintió eterna. El Curso Básico de Canto [El que abrí un martes] parte desde cero absoluto, justo desde donde estaba yo, y lo pude seguir entero en el sofá, sin que nadie más lo supiera. No tengo una rutina fija antes de cantar, aunque a veces suelto un par de sonidos ridículos solo para no empezar en frío. Ahí aprendí que por qué se quiebra la voz al cantar y cómo evitarlo en casa tenía más que ver con el aire que uso que con la garganta misma, algo que todavía no sabría explicarte del todo bien. También trato de que el rincón donde canto absorba un poco el eco, sin pensar demasiado en si de verdad lo logra.
En la semana ocho, la parte alta salió sola
Grabé una toma esa noche, la borré antes de que terminara. Grabé otra, mismo resultado -- la voz que sale de la grabación nunca es la que yo tengo en la cabeza, y ese desfase todavía me toma por sorpresa cada vez que pasa. Sentí ese calor típico de la vergüenza subiéndome a las mejillas, aunque no hubiera nadie más escuchando que yo misma.
Después de eso dejé de pelear un rato. Solté los hombros, dejé que el aire simplemente pasara, y ahí fue -- en la semana ocho de ir y venir con la misma canción, sin que lo estuviera buscando esa noche en particular -- cuando la parte alta salió limpia, sola, sin que tuviera que empujarla. No hubo aplausos; el perro de arriba seguía ladrándole a algo en la calle, pero me quedé quieta un rato, sintiendo esa vibración rara en el pecho. Hay tomas que por fin se quedan grabadas en vez de borrarlas al toque, y esa fue una de esas -- pequeña, privada, pero más real que cualquier elogio de oficina.

Cantar para sentirme persona otra vez
A veces me cruzo con el vecino en el ascensor y me mira como si supiera que ando tomando clases en alguna parte. Tengo ganas de aclararle que no, que no soy alumna de nada, que solo soy alguien que encontró una forma de no volverse loca entre planillas. Mi rango vocal sigue siendo el de alguien que nunca pisó una clase de verdad, y no tengo apuro en que eso cambie.
Hay noches en que suelto un gallo enorme justo en la parte más intensa de la canción y termino riéndome sola en la oscuridad del living. Eso no es para nadie más que para mí, pienso, y esa sensación es de las más libres que he tenido en años. No hay metas ni nadie llevando la cuenta de las notas falladas -- solo yo, el silencio del edificio ya tarde, y una voz que de a poco deja de sonarme ajena.
Si alguna vez sientes que los días se te ponen demasiado pesados, capaz que no necesites un gimnasio ni una app de meditación -- capaz que necesites un rincón cualquiera y el permiso de cantar espantosamente mal hasta que, de repente, una nota salga bien. Si te da curiosidad por qué tu voz hace lo que hace, el Curso Básico de Canto es lo que yo abrí esa tarde y sigo usando de vez en cuando; no exige escenario ni pide que le muestres nada a nadie, y eso, para alguien que solo canta para sí misma, ya es bastante.
Cantar sola en un depto, sin público ni ambición, resultó ser una forma rara y bastante buena de sentirme persona otra vez entre tanta pantalla gris. Y con eso, por ahora, me basta.