
Cambié de horario para cantar cuatro veces distintas, y las cuatro veces terminé cantando a una hora completamente distinta a la que había anotado en el celular. Primero fue después del trabajo, después antes de dormir, después los domingos en la mañana, y ninguna sobrevivió más de un par de intentos. Afuera la lluvia caía con esa insistencia típica del invierno en Valparaíso, y yo seguía convencida de que el problema era mi falta de disciplina, no la idea de ponerle horario fijo a algo que solo me pertenece a mí. Cantar en casa se supone que es de las cosas más simples que existen, pero yo llevaba meses convirtiéndolo en una obligación de agenda, como si este hobby de adulta necesitara reglas de oficina, con bloques marcados y todo.
Antes de seguir: en este cuaderno a veces dejo enlaces a herramientas que uso, y una de ellas es un curso que terminé abriendo casi sin querer una noche cualquiera. Si decides mirarlo desde alguno de mis links, a mí me llega una comisión pequeña que ayuda a mantener este espacio, y a ti no te cambia el precio ni un peso. Lo menciono porque de verdad lo tengo abierto en una pestaña mientras escribo esto, con el té ya frío al lado: el Curso Básico de Canto [El que abrí un martes], que se ha ido colando en varias de estas noches sin que yo se lo pidiera.
Cuatro horarios que no sobrevivieron el primer intento
Vivir en uno de los 42 cerros de este puerto significa compartir paredes delgadas con gente que tiene su propio horario, quieran o no. Mi compañero de piso hace teletrabajo y a cualquier hora puede entrar a una reunión, y el perro del departamento de arriba decide sumarse a mis intentos de agudo con un aullido que no pedí. Meter el canto en una casilla fija, entre esas dos cosas, era pedirle a la casualidad que se ordenara sola.
Se supone que una rutina solo cuenta si tiene hora fija, todos los días igual, como si fuera una reunión de trabajo agendada en el celular. Eso creí durante bastante tiempo, y es mentira, al menos para cantar a solas en un depto donde nadie más decide cuándo hay silencio disponible. Lo que en realidad necesitaba no era disciplina de oficina sino un hueco cualquiera del día, y esos huecos nunca avisan con anticipación.

No tenía que ser siempre a la misma hora
Lo único que sí mantengo más o menos fijo son los auriculares, aunque no por disciplina sino para que a nadie del edificio le toque escuchar mis intentos a las horas raras en que canto. Ahí sí encontré algo real en eso de las ventajas de practicar canto con auriculares para ganar confianza sola, aunque nunca llegué al punto de sentirme cantante ni tengo intención de llegar.
Canto apenas el día me deja un momento libre, sin importar si son las siete de la tarde o casi medianoche, y algo del cortisol acumulado en la oficina se disuelve un poco cada vez, quizás por las endorfinas que sueltan las cuerdas vocales incluso cuando una canta mal a propósito, aunque eso ya no depende de ninguna hora fija.
Cantar en casa sin horario es la única regla que me quedó
Un domingo, dando vueltas sin apuro por la Feria de las Pulgas de Playa Ancha, me crucé con una amiga que cultiva hierbas en el balcón de su depto. Me contó que con las plantas sí tiene horario fijo, porque si no las riega a la misma hora se le mueren, no hay vuelta que darle. Le dije que a mí me pasa justo al revés con el canto: mientras más rígida la hora que me impongo, menos ganas tengo de abrir la boca cuando por fin llega.
El curso que a veces abro tampoco tiene día ni hora asignada. Lo prendo cuando me acuerdo, a veces dos noches seguidas, a veces se queda cerrado un buen rato sin que eso signifique nada, y ahí sigue el Curso Básico de Canto [El que abrí un martes] esperando a que vuelva. Nadie me pasa lista ni me pregunta por qué falté.
La aplicación de teoría musical que dejé a medio entender
Antes del curso probé algo más serio: una aplicación de teoría musical, convencida de que ahí estaba la fórmula que me faltaba para hacer las cosas "bien". Hablaba de escalas, de intervalos, de estar afinada a los 440 Hz exactos, y para la tercera pantalla ya no entendía nada de lo que me estaba pidiendo. La cerré una noche y no la volví a abrir nunca más.
Lo que sí sé, sin ninguna teoría de por medio, es que esos agudos que se me quebraban a mitad de frase dejaron de quebrarse cuando dejé de perseguirlos con el reloj en la mano, tratando de agendar el progreso como si fuera una meta trimestral de la oficina.
Dos versos seguidos sin quiebre, riéndome sola en el living
Una noche sin agenda ni plan de ningún tipo, canté dos versos seguidos de un tirón, sin que la voz se rompiera en ningún lado, y me reí sola en el living como si otra persona hubiera estado cantando en mi lugar. El celular grababa apoyado cerca, y entre esa pausa y la siguiente la pantalla se quedó con ese brillo gris azulado colgando en el aire, como si el silencio también tuviera un color propio esa noche.
Cuando reproduje la grabación al toque, mi voz seguía sonando un poco a desconocida, algo a lo que nunca terminé de acostumbrarme del todo, y de eso hablo con más calma en las estrategias para perder el miedo a escuchar mi voz grabada al cantar. Pero esos dos versos sin quiebre fueron reales, y nadie más los escuchó, y de alguna manera fue justo eso lo que los hizo más míos. Ahí entendí que lograr cantar una nota difícil después de meses de práctica casera no depende de cuántas veces lo intento a la misma hora marcada, sino de dejar que pase cuando tenga que pasar, sin forzar el calendario.
Si algo me quedó claro después de tanto horario fallido es que un hobby que existe solo para una misma no necesita casilla en el calendario, necesita espacio cuando aparece, y eso también es una forma de autocuidado y de bienestar emocional que ninguna agenda de oficina sabe medir. El Curso Básico de Canto [El que abrí un martes] sigue ahí, abierto en una pestaña, para las noches en que sí me dan ganas de mirar un video antes de dormir. Lo demás - la voz que no siempre suena como espero, el susto de escucharme grabada, esa mezcla rara de vergüenza y orgullo - sigue siendo mío, sin horario que lo organice ni nadie que lo evalúe.