
Cinco semanas llevaba peleando con la misma nota cuando, sin que yo la estuviera buscando, salió sola. Afuera la camanchaca se comía los cerros y acá, hundida en mi rincón del sillón en pleno Valparaíso, el frío del cojín contra la mejilla era lo único que me devolvía al presente mientras intentaba que un agudo fallido no se me escapara por la ventana. No soy cantante, lo sé cada vez que borro una grabación antes de que termine de reproducirse, pero cantar en casa se volvió, sin que lo planeara, el hobby más silencioso que tengo y, de alguna forma, el que más bienestar personal me deja al terminar la jornada. Antes de seguir: algunos de los enlaces de este diario son de afiliado, y si alguna vez abren el curso que yo misma uso algunas noches, Hotmart me da una comisión del 63% sin que a ustedes les cueste nada extra. Ese dato no cambia lo que cuento aquí, pero prefiero decirlo de entrada.
El rincón de los cojines y la persiana a medio bajar
Llevo los cojines apretados contra el hombro derecho, haciendo de parapeto para que el eco no llegue entero a la pared del living. El teléfono queda apoyado en una taza de greda, sobre la mesita auxiliar, con los auriculares de cable enredado colgando del brazo del sillón, y la persiana se detuvo justo a mitad de camino, como si tampoco ella hubiera terminado de decidirse. Trabajo en administración todo el día, rodeada de planillas que no se acaban nunca, y esta esquina del sillón es el único lugar donde nadie me pide nada.

En esos primeros intentos entendí lo difícil que es grabarse cantando en casa con el celular sin equipo profesional sin terminar queriendo tirar el teléfono por la ventana. Pero hay algo en la soledad del living que te deja fallar sin que se venga abajo nada importante, y terminé armando un rincón de canto en el sillón con almohadones tan apretado que a veces casi no puedo respirar, solo por la certeza de que el sonido se quede conmigo y no se filtre a ningún lado.
Fui a una clase grupal de canto y no volví después de la primera sesión
Probé una clase grupal de canto hace un tiempo, de esas que prometen soltarte la voz entre desconocidos, y no volví después de la primera sesión. No fue solo la vergüenza de cantar mal frente a otros, aunque también estaba eso, sino que sentí que perdía algo apenas había una profesora mirándome la garganta y corrigiendo cada frase. Lo que yo quería no era que me enseñaran a proyectar hacia una sala, sino sencillamente guardarme el sonido para mí misma, con los auriculares puestos para que nadie en el edificio tuviera que soportar mis intentos.
Una tarde cualquiera, con el té ya frío al lado, abrí un curso básico de canto pensado para gente que parte de cero, nada de escenario ni de coro, solo para entender un poco mejor las propias cuerdas vocales sin tener que pisar una sala de ensayo. No lo elegí por ningún número al lado del nombre, sino porque la primera lección hablaba de respirar antes de cantar, algo que una cree que sabe hacer hasta que se sienta ocho horas frente al computador y se le olvida por completo. Ahí entendí también que mi voz tiene su propio rango, ni mejor ni peor que el de nadie, y que mi desarrollo vocal no tenía que parecerse al de otra persona para contar como real. Fui saltando algunos módulos que se me hacían lentos y me quedé solo con los que me servían, que es, creo, la única forma honesta de usar algo así cuando nadie te está tomando examen.
Antes de intentar cualquier canción hago un par de sonidos de burbuja con la boca cerrada, nada elaborado, solo para despertar la garganta, y después, cuando la oficina me deja el día pesado, cantar feo a propósito hace que algo se destense. Leí una vez que entre los efectos físicos de cantar está la baja de cortisol, aunque a mí me basta con notar que respiro distinto después de un par de intentos, sin cronometrar nada.
La voz grabada suena diferente a como la escuchamos
Hay algo que nadie me explicó antes de empezar: la voz que uno escucha dentro de su propia cabeza no es la misma que sale de la grabación, y la primera vez que me escuché en el teléfono casi apago todo de la vergüenza. Sigo sin acostumbrarme del todo, pero ya no borro cada toma al segundo como al principio, a veces me quedo escuchando un poco más antes de decidir si se va a la papelera o se guarda para comparar con la próxima.
Un lector de Concepción, Marcelo Peñailillo, me escribió una vez después de leer sobre esto mismo, y me contó que él canta todo el camino al trabajo en el auto pero jamás en su casa, como si las paredes impusieran un silencio que el tráfico no le exige. Me quedé pensando en eso varios días: cuánta gente tiene una voz que solo le pertenece en movimiento, nunca quieta.
Dejar que la nota alta saliera sola, por fin
Esas cinco semanas de pelea con la misma nota terminaron sin ningún ritual ni preparación especial, en una tarde que no tenía nada que la distinguiera de las demás, cuando llegué a la parte más alta de la canción que llevaba tropezando una y otra vez y, esa vez, simplemente salió limpia, sin que yo hiciera ningún esfuerzo consciente por sostenerla. Me quedé con los auriculares puestos, escuchando el silencio que siguió, preguntándome si de verdad había sido mi garganta la que acababa de hacer eso.

Grabé esa toma sin pensarlo y se la mandé a Elisa, una amiga de toda la vida que ahora vive en Santiago, más por costumbre que por necesidad de validación. Ella tiene un oído que detecta cualquier cosa que suene distinto, y a los pocos minutos me contestó con un audio corto preguntando qué había cambiado, porque se notaba. No supe explicarle bien qué fue distinto esa vez, solo que la nota llegó sin que yo se lo pidiera.
Para esa hora ya había bajado el calefactor, y quedaba solo ese silbido leve que suelta la rejilla de ventilación cuando el aire se enfría de golpe, un sonido que normalmente me pone los pelos de punta pero que esa noche encajaba con todo lo demás, como si el depto también estuviera aflojando algo.
Las paredes de este edificio son casi de papel
Vivir en el Cerro Alegre tiene lo suyo, pero las paredes de este edificio son casi de papel. El perro de arriba aúlla cada vez que intento estirar la voz en los agudos, como si lleváramos un dúo que nadie planificó, y el otro día el vecino del ascensor me preguntó, muy serio, si estaba tomando clases de canto. Le dije que no, que era pura radio, y me quedé con la cara caliente todo el trayecto hasta el primer piso.
Con el tiempo aflojé algo en la garganta que antes apretaba sin darme cuenta, y empecé a sentir que el sonido ya no salía solo de ahí arriba, sino que bajaba y se armaba también en el pecho, con una textura distinta según si cantaba fuerte o apenas soplando. Cambié incluso cómo me siento en el sillón, más derecha, sin encorvarme sobre el teléfono como al principio. No se trata de afinar para un público, sino de algo más simple: por qué cantar sola en el departamento ayuda a recuperar la calma después de un día que no tenía nada de especial.
Si hay algo que me quedó de estas semanas es que el cuerpo avisa cuándo una nota está lista, mucho antes que la cabeza lo entienda, y que forzarla solo la hace sonar peor. Ya no me importa tanto si la grabación en el teléfono suena perfecta. Lo que importa es que esa noche, entre los cojines y la niebla que todavía cubría el cerro, encontré un sonido nuevo en mi propia voz, uno que no sabía que tenía guardado.