
La voz que uso para quejarme del frío no es la misma que uso cuando intento llegar arriba en una canción. Vengo notando eso desde hace tiempo, cantando en casa, sola, sin buscar nada más que sentir cómo cambia el aire por dentro. No sigo ninguna clase ni ningún método: es simplemente explorar los registros vocales que tengo sin que nadie más escuche, un hobby musical que empezó por puro aburrimiento y que terminó siendo mi forma más rara de bienestar personal y autocuidado creativo.
El vecino que se sube conmigo al Ascensor El Peral me preguntó el otro día si estaba tomando clases de canto, y no supe qué contestarle sin sonar rara. Probé algo parecido a una clase una vez, grupal, y no volví después de la primera sesión: me sentía observada, contando compases junto a gente que no conocía, y todo lo que en mi living se siente como un juego ahí se volvía una evaluación. Prefiero esto. Prefiero que el único testigo sea el silencio del living y, a veces, el perro de arriba, que aúlla cuando subo demasiado. Es un bienestar chico, sin ninguna pretensión, pero es mío.
Cuando la voz se queda abajo, cansada
Hay una voz que me sale cuando estoy cansada, la misma con la que me quejo del frío o le hablo a la gata. Vibra bajo, en el pecho, y a veces se pone áspera, como si se arrastrara por el fondo de la garganta. No sé cómo se llama eso en términos técnicos y prefiero no averiguarlo: me basta con saber que hay noches en que dejarla ahí, crujiendo un rato, es lo único que me hace sentir que el día no fue solo una planilla de números en la oficina.
Es raro pensar que esa voz cansada y la que uso para pedir el boleto en la micro son, en el fondo, la misma herramienta. Cambia con el ánimo más que con la garganta, o eso me parece a mí, que no tengo formación de ningún tipo para asegurarlo. Solo sé que algunas noches la dejo sonar fea a propósito, un rato largo, hasta que se me pasa lo pesado del día.

La voz que se quiebra al subir
Subir siempre fue lo difícil. La voz se me quebraba a la mitad y yo, de pura vergüenza, borraba la grabación antes de que terminara de sonar. Hace poco dejé de pelear con eso. Iba detrás de una nota que sentía altísima y de repente hubo un quiebre físico en la garganta que no sé nombrar bien, un cambio brusco donde el sonido deja de vibrarme en el pecho y se me sube a la cara, casi detrás de la nariz.
Ahí es donde entiendo, sin que nadie me lo explique, que mejorar el timbre de la voz sin necesidad de un profesor particular no tiene que ver con sonar perfecta, sino con notar por dónde se está yendo el aire. No sé nada de técnicas de respiración ni tengo ninguna rutina de calentamiento antes de empezar: tarareo un rato y ya, hasta que el aire mismo me avisa cuándo se acaba a mitad de una frase.
Ahora, en vez de esconder el gallo, ese quiebre que suena como una puerta vieja, a veces lo dejo salir a propósito. Canto mal aposta, con quiebres exagerados, y se me pasa el miedo de que la voz me traicione en medio de una frase, porque la traición ya es parte del plan esa noche.
Cantar sola no es simplemente gritar bajito
Cantar sola en un departamento tiene sus reglas no escritas, y la principal es que el volumen bajo no significa cantar a medias. Bajo la potencia sin bajar la intención, aunque el vecino de siempre no se entere de nada. Es una forma de tener un hobby solitario que mejora tu bienestar que ninguna serie de streaming me da igual. Sé que el rincón de una casa cambia cómo rebota el sonido, aunque prefiero no pensar mucho en eso mientras canto: esto no es un estudio de grabación, es solo mi living.
Le mandé un audio contándole esto a Elisa, mi amiga de toda la vida, y como es tan directa me contestó que dejara de analizarme tanto la voz y cantara no más, que para eso es un living y no un laboratorio. Tiene razón casi siempre, aunque no se lo voy a decir tan fácil. El perro de arriba, mientras tanto, aúlla cuando pruebo notas todavía más finas y delgadas, casi un silbido sin fuerza, y no sé si se queja o si canta conmigo.
Anoche, sin planearlo, pasé por un puente de una canción que llevaba tiempo cortando a la mitad, un tramo donde siempre me quedaba callada porque no confiaba en llegar entera al otro lado. Esta vez seguí de largo, sin pausa, y el sonido no se rompió en ningún punto. No fue gran cosa para nadie más. Para mí fue como encontrar una puerta que llevaba tiempo atascada y que de repente cede sin hacer ruido.

Los registros vocales que tenía sin saberlo
Con el tiempo até cabos y me di cuenta de que tenía guardadas ahí voces que nunca había usado a propósito. Está la que uso para quejarme del frío o hablarle a la gata, ancha y tibia. Está la que aparece cuando trato de imitar a alguna cantante de la radio y termino sonando como una flauta desafinada, pero liviana, como si de repente pesara menos. Está el hilo casi mudo que saco cuando quiero llegar arriba sin que el vecino se entere de nada, y está el crujido de las mañanas de cansancio extremo, que suena a lija y, curiosamente, a verdad. Ninguna la aprendí en un método: las fui encontrando cantando mal, cantando bien, cantando sin que a nadie le importara cómo sonaba. No sé todavía cuál de estas es realmente la mía, si es que existe una sola, y dejé de buscarle una respuesta definitiva a eso.
Escucharme después, sin taparme los oídos
Después de grabar viene la parte que más me cuesta todavía: escuchar. Al principio mi propia voz grabada me sonaba a una desconocida, alguien que hablaba raro y cantaba peor, y esa sensación no se fue del todo con el tiempo. Aprendí igual cómo analizar tus grabaciones de voz caseras sin juzgarte tanto, fijándome en dónde se me escapó el aire o en qué momento cambié de registro sin darme cuenta, no para corregirme, sino por pura curiosidad, como quien recorre despacio un lugar donde vive hace años pero nunca había mirado bien. Tengo el oído más fino para pescar esos cambios que antes, aunque nunca me propuse entrenarlo: de tanto escucharme, empecé a distinguir matices que antes se me pasaban enteros.
Una vez un lector desde Concepción, Marcelo, me escribió algo cortito después de leer sobre lo mal que lo paso escuchándome grabada, y esas pocas palabras suyas se quedaron dando vueltas más que cualquier comentario largo que haya recibido.

No tengo ningún plan con esto, ni ganas de subirme a un escenario ni de que alguien más lo escuche. Me queda la certeza de que, por un rato cada noche, dejo de ser la Noelia de la oficina y soy alguien que hace ruido con el cuerpo entero, que conoce las voces distintas que caben en una sola garganta y que no necesita público para sentir que eso vale la pena.