Canto en Casa

Por qué cantar mal a propósito ayuda a soltar la tensión del día

Cantar mal a propósito para soltar la tensión del día: hobby terapéutico de canto en casa

Hay noches en que canto para que suene lindo, y hay noches en que canto exactamente para que suene horrible, y son estas últimas las que de verdad me bajan la tensión de encima. Llego al departamento con la garganta apretada después de un día entero de ser amable por inercia, y en vez de intentar que la voz salga afinada me tiro al sofá a soltar el peor gallo que me salga — es el hobby terapéutico más raro que tengo, este canto en casa que nadie más escucha.

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Cantar espantoso es mi manera de bienestar emocional

No es que no sepa cantar bien —a veces sale una nota limpia sin querer— sino que ese no es el punto de esta hora del día. El punto es soltar un chillido que no le debe nada a nadie, una forma de autocuidado porteño que no tiene nombre bonito ni categoría en ninguna app de bienestar. Canto mal a propósito porque el cuerpo necesita expulsar algo que no cabe en un suspiro ni en una taza de té, y un grito desafinado hace ese trabajo mejor que cualquier técnica de respiración que me hayan enseñado alguna vez.

Ahí es donde pasa todo, sin ceremonia ni preparación especial. Es más bien dejar que el cuerpo haga lo que necesita sin pedirle permiso a nadie, ni siquiera a mí misma.

Celular apoyado en una taza de cerámica para grabar canto en casa por las noches

Mi voz grabada suena a una desconocida

Hay un segundo raro, cada vez, en que no reconozco esa voz que me devuelve la grabación como mía, aunque tampoco es que haya estudiado por qué un rincón del depto traga más el sonido que otro. Lo que sí puedo contar es la vez que intenté grabarme usando el micrófono del notebook porque pensé que daba lo mismo, y el resultado fue tan metálico y hueco que ni siquiera pude terminar de escucharlo entero. Sonaba como si estuviera cantando adentro de un tarro. Borré ese archivo sin pensarlo dos veces y volví al celular apoyado donde siempre.

Apenas freno la grabación se arma un vacío raro en el aire del living, unos segundos de nada en que hasta el perro de arriba parece quedarse mudo, como si la casa entera estuviera esperando a ver qué hago con lo que acabo de escuchar.

El quiebre que por fin no llegó

Hay una parte de una canción que llevo meses cantando mal siempre en el mismo punto, justo en el paso entre el verso y el estribillo, como si ahí viviera un escalón invisible que no logro subir sin tropezarme. Anoche pasé por esa parte sin darme cuenta de que ya la había cruzado, y solo caí en la cuenta un par de segundos después, cuando la canción seguía y yo seguía cantando y nada se había cortado. Me quedé mirando el techo, medio en shock, preguntándome si había sido suerte o si algo, en algún momento, simplemente se acomodó solo.

Rincón del sofá con cojines que ayudan a la acústica al cantar en casa

Le mando audios a alguien en Mendoza que nunca he visto

Hace un tiempo empecé a intercambiar audios con un contacto que conocí en los comentarios de una app de práctica vocal, alguien que vive en Mendoza y al que nunca le he visto la cara. Se llama Vicente, y escribe unos mensajes eternos, llenos de comas, sin un solo punto en el medio, como si pensara en voz alta y no quisiera cortar la idea nunca. Una vez me contó, en uno de esos mensajes sin respirar, algo sobre cómo administra el aire para no quedarse sin fuerza a la mitad de una frase larga — no le entendí toda la lógica, pero me quedó la idea de que el aire también se reparte, no solo se usa.

Antes de largarme a cantar en serio suelo hacer un par de sonidos tontos, nada armado, más para despertar la voz que para calentarla de verdad. Es un hábito chico, de esos que uno arma solo con el tiempo y sin darse cuenta.

El vecino del ascensor cree que tomo clases

En el Ascensor El Peral me crucé una vez con un vecino que, después de escuchar quién sabe qué eco escapándose por la ventana, me preguntó de la nada si estaba tomando clases de canto. Le dije que no, que era peor que eso, y no supo bien qué responder. Es gracioso pensarlo ahora, porque la mitad de mi esfuerzo cada noche va justo en lo contrario: en que nadie más allá de mis propias paredes se entere. Entre los audífonos, el volumen bajo y la costumbre de cantar en un departamento pequeño sin molestar a tus vecinos, se arma una especie de coreografía silenciosa que hago sin pensar, como quien aprende a caminar despacio en una casa con piso de madera.

Esto tampoco es una rutina de canto para aficionados que no quieren cantar en público nunca pensada de antemano; se fue armando sola, noche tras noche, a puro ensayo y error dentro de mi propio living.

¿Qué hace un curso metido en medio de todo esto?

Una noche cualquiera, sin gran ceremonia, abrí el Curso Basico de Canto [El que abri un martes] que tenía guardado hacía tiempo en una pestaña del celular. No fue una decisión pensada ni el inicio de un plan; fue más bien curiosidad de fin de jornada, ganas de entender un poco mejor por qué se quiebra la voz al cantar justo en los momentos menos pensados. Salté módulos enteros que me parecían demasiado técnicos para lo que yo buscaba, pero me quedé con un par de cosas sueltas sobre cómo no forzar la garganta, algo que agradezco sobre todo esas noches en que la humedad del puerto me deja la voz más áspera de lo normal.

Mano sosteniendo el celular con el curso básico de canto abierto, parte del hobby terapéutico de cantar en casa

No lo abro pensando en convertirme en nada; lo abro de la misma manera en que agarro el celular para grabarme mal a propósito, como una herramienta más entre varias, sin subirla a ningún pedestal. Si alguna vez buscas algo mínimo para no andar completamente a ciegas, ahí está el curso básico que abrí esa noche, aunque lo mío nunca fue seguirlo al pie de la letra.

En el mismo reto de canciones que sigo por una app hay una chica, Elba, que nunca sube un audio sin escucharlo antes al menos tres veces; yo casi nunca aguanto ni una. Cada quien hace las paces con su propia voz a su ritmo, y a mí todavía me cuesta, casi todas las noches, apretar play sobre algo que grabé hace un rato. Pero el nudo bajo la barbilla, ese que traigo pegado desde la oficina, para cuando apago el celular casi siempre ya se fue, aunque la grabación en sí termine borrada.

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