
Veintiún kilómetros. Eso es lo que corre mi vecina del segundo piso cada año en la Media Maratón de Valparaíso, entrenando meses antes por el Paseo Atkinson hasta que se le nota esa calma de quien ya sabe cuánto aire tiene guardado. Yo, en cambio, canto en casa sola, sin público, y me basta un par de frases seguidas para quedarme sin aliento, como si mi técnica vocal más básica todavía no diera para sostener una estrofa completa. Llevo un buen rato preguntándome si lo suyo y lo mío tienen algo que ver.
Antes de seguir, algo que prefiero dejar claro: lo que sigue tiene enlaces de afiliado de Hotmart, y si alguien compra algo a través de ellos me llega una comisión chica, sin que a esa persona le cueste un peso extra. Uso lo que menciono porque lo probé yo misma, no porque me lo pidieron; a los 32 años no ando buscando ser cantante de nada, solo un poco de bienestar personal entre estas cuatro paredes.
Traté de sonar exactamente como Julieta Venegas
Durante un buen tiempo intenté imitar nota por nota a las cantantes que más me gustan, calcando cada quiebre de voz de Julieta Venegas como si copiar bien fuera lo mismo que cantar bien. No funcionó. Sonaba forzada, tensa, como alguien disfrazándose con una voz prestada, y terminaba con la garganta cerrada después de un par de intentos. Ahí fue cuando abrí, más por cansancio que por fe, el Curso Básico de Canto que tenía guardado en una pestaña hacía meses.
Lo que aprendí mirando a alguien que sabe respirar
No hablo con mi vecina de esto —ni sabe que canto, en realidad— pero verla volver tranquila de una vuelta larga por el Paseo Atkinson me hizo buscar, por pura curiosidad, qué son esas técnicas de respiración para cantar sin cansarme de las que hablan por ahí. Ahí quedó, como una idea suelta que vuelve cuando me falta el aire a mitad de una frase.
Hay gente que se pone a pensar en cómo mejorar la acústica del rincón donde graba, con paneles y quién sabe qué más; yo nunca llegué a ese nivel, mi rincón es el que hay no más. Tampoco tengo una rutina de calentamiento antes de partir —tarareo un rato sin pensarlo y listo.

La nota que llegó sin que la viera venir
Llevaba más o menos siete semanas en esto, un cálculo que hice sin querer, contando desde la primera vez que canté hasta quedar afónica, cuando pasó: una noche cualquiera, sin prepararme para el momento como hacía siempre, llegué a esa nota sin anticiparla y salió entera, sin el quiebre a la mitad que llevaba tanto esperando. No la vi venir. Me quedé un rato en silencio después, un poco sorprendida de mi propia voz.
Arriba, el perro se pone a aullar cada vez que me escucha, como si fuéramos un dúo que nadie pidió, y esa risa ayuda más que cualquier técnica. Sé que no soy la única a la que no le gusta cómo suena su propia voz grabada —esa es una pelea aparte, para otra noche— pero acá, en vivo, canto sin pensar demasiado en eso, mientras la pantalla del celular se enciende apenas entre una pausa y la siguiente, con ese brillo azulado y frío que es lo único que ilumina el sillón a esa hora.
Cantar feo a propósito, sin público de por medio
El vecino del ascensor me preguntó el otro día si estaba tomando clases, porque me escuchó tararear camino al tercer piso; le dije que no, rotundamente no. No ando buscando la toma perfecta cada noche —la mayoría de las veces ni siquiera queda algo que valga guardar— esto es solo mi forma de cantar por hobby para desconectarme de las pantallas. Si él supiera lo poco profesional que es todo esto, se moriría de la risa.

Dicen que cantar ayuda a bajar el estrés de la oficina, y seguramente es cierto, aunque yo no lo pienso en esos términos cuando estoy ahí —simplemente lo hago. Mi rutina incluye un rato de cantar lo más ruidoso y desprolijo que pueda, sin buscar nada en particular. Si me pongo a pensar demasiado en si el diafragma está haciendo lo que dice tal o cual manual, dejo de sentir la canción, y ese control de más termina apagando justo lo que fui a buscar.
Debe haber ejercicios pensados para no desafinar justo en lo agudo, con nombre técnico y todo, pero nunca aprendí ninguno así; lo mío se destrabó solo, una noche cualquiera, sin manual. A veces sí me grabo haciendo esos ruidos raros, solo para entender un poco por qué se quiebra la voz al cantar, sin que suene a clase de conservatorio. No soy cantante, soy una porteña que encontró que cantar sola en un depto —chico, con vecinos cerca— es una forma rara pero buena de sentirse persona otra vez después de un día gris.
Si alguna vez sintieron esa curiosidad de seguir tarareando después de lavar los platos, mi consejo es que le den una oportunidad, aunque sea una vez. No hace falta un estudio ni nada especial —lo de no molestar a los vecinos en un depto chico es otro tema aparte, y ahí los audífonos ya resuelven media pelea— quizás sí un curso básico guardado en alguna pestaña, para cuando la garganta empiece a quejarse. Al final de la noche nadie te está escuchando, y esa sigue siendo la parte más bonita de todo esto.