Canto en Casa

Calentamiento vocal para principiantes que cantan solos por la noche

Calentamiento vocal nocturno para principiantes: rutina de canto en casa en el rincón del sofá

Los labios me vibran solos, como si el cuerpo hubiera decidido calentar antes de que yo diera el permiso, un murmullo ronco que se cuela entre los cojines apilados detrás de mi hombro derecho, un acomodo que tiene su ciencia propia y que no pienso desarmar acá. Todavía no sé si esta noche voy a cantar en serio o si solo voy a hacer ruidos espantosos para sacarme la jornada de encima, pero algo en mí ya empezó, casi en automático, antes de que alcance a pensarlo. Esa es la parte del canto en casa que nadie ve: el rato antes de la primera nota, cuando una está más ocupada en despertar el cuerpo que en sonar bien.

No tengo ninguna intención de ser cantante ni de que nadie me escuche jamás; sigo siendo, a estas alturas, una principiante que canta para bajar la marea del día, no para subir a ningún escenario. El calentamiento vocal, para mí, terminó siendo menos un ejercicio técnico y más una forma rara de cuidarme, algo parecido a estirar antes de acostarse, solo que acá es la voz la que pide permiso para salir.

Despertar el cuerpo, no relajarlo

El cuerpo llega cargado de la oficina, con los hombros altos de tanto mirar la pantalla y la voz metida en algún cajón, apretada. Durante un tiempo probé relajarme profundamente antes de cantar, como había leído por ahí, y lo único que conseguía era quedarme medio dormida contra el teléfono apoyado en la taza de cerámica de la mesa auxiliar. Lo que sí funciona es lo contrario: despertar los músculos, no soltarlos del todo. Es una diferencia chica pero la noto siempre, activar en vez de desconectar. La respiración ayuda ahí, aunque no me voy a poner a desarmar técnicas de respiración acá; ese es tema para otra noche.

Cuando el día fue especialmente denso, esto se cruza directo con eso de los beneficios de cantar para el estrés después de un día de oficina, aunque a mí me cuesta sentirlos si no caliento antes: la voz tensa no suelta nada, se queda ahí, atorada, y el estrés sigue dando vueltas igual.

Celular apoyado en una taza de cerámica grabando un calentamiento vocal casero de noche

¿Sirve calentar si después canto fatal a propósito?

Sí, y esa es la parte que más me cuesta explicarle a la gente. Hay noches en que caliento la voz solo para después cantar espantoso a propósito, desafinada y ridícula, nomás para reírme un rato de mí misma; el calentamiento no es un examen que tenga que aprobar sonando bonito después. Lo que hago, en general, es soplar por una bombilla metida en un vaso con agua, esa técnica del tracto vocal que suena mucho más seria en el papel de lo que se siente haciéndola en piyama, hacer vibrar los labios como un motor viejo, y tararear bajito alguna melodía que se me quedó pegada de la radio de la micro. No cuento repeticiones ni miro el reloj; lo hago hasta que siento que el aire se mueve distinto, y ya.

Que la nota aguda se quiebre o no cuando por fin canto algo en serio es otra historia, ahí entran hartas variables que ni siquiera domino del todo, pero con esto al menos el cuerpo ya no llega frío a la parte difícil.

La clase grupal que dejé a la primera sesión

Antes de armar esta rutina medio improvisada, probé algo distinto: me anoté en un taller grupal de canto, de esos que prometen soltura en un ambiente sin presión. Fui una sola vez. Me pasé la sesión entera comparando mi voz con la de las demás, encogida en la silla, deseando que nadie me pidiera cantar sola frente al grupo, y salí de ahí con la garganta más apretada que antes de entrar. No volví. No fue culpa de nadie en particular, ni del taller ni de la profesora; simplemente descubrí que necesito estar sola, con la persiana a medio bajar y nadie mirando, para que la voz se anime a salir de verdad.

Calentar a las diez de la noche sin que se entere nadie tiene sus reglas propias: los zumbidos con la boca cerrada sobreviven perfecto al volumen bajo, las vibraciones de labios también, pero apenas subo el volumen para probar una frase completa ya estoy pendiente de la pared del vecino. Aprendí cómo cantar en un departamento pequeño sin molestar a tus vecinos mucho antes de aprender a calentar bien, la verdad, y las dos cosas terminaron enredadas: mientras más caliento, menos me preocupa que se cuele el sonido, aunque la ventana quede entreabierta hacia el Paseo Atkinson y suba algo de ruido de la calle.

Una nota sin pelea

Anoche pasó algo chico que todavía tengo pegado en el cuerpo: iba cantando sin pensar mucho, más distraída que concentrada, y una nota que en otras noches se me parte a la mitad salió entera, redonda, sin que yo alcanzara a ponerme tensa esperándola. Ni siquiera la vi venir. Fue y ya, sin pelea, como si por una vez el cuerpo hubiera decidido no avisarme que venía lo difícil.

Grabé esa parte, como hago casi siempre, y por supuesto que después la escuché con el estómago apretado, todavía no logro que eso cambie, ni una nota buena me salva de sentir que la voz grabada suena a otra persona. Un lector de Concepción, Marcelo, me escribió una vez contándome que a él le pasa exactamente lo mismo, que tampoco soporta oírse grabado, y se agradece saber que no es solo cosa mía. Sé que hay gente que colecciona esas tomas buenas como si fueran trofeos, pero eso ya lo escribí en otra parte y sigue siendo tema aparte; esta vez ni me dio tiempo de pensar en eso, solo alcancé a sonreír antes de que se me fuera la concentración y la nota siguiente saliera torcida otra vez. Queda pendiente entender por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa, supongo, aunque después de tanto tiempo ya asumí que quizás nunca deje de darme un poco de vergüenza.

Lo que queda cuando bajo la persiana del todo

Elisa me mandó hoy uno de esos audios que se alargan sin que ella se dé cuenta, contándome cualquier cosa de su semana en Santiago, y en algún momento se le escapó que extraña el puerto, aunque enseguida se corrige y jura que ya se acostumbró del todo a la capital. La escuché mientras enredaba los auriculares en el brazo del sofá, y pensé que a mí me pasa algo parecido con la voz: juro que canto solo para mí, sin ninguna ambición, y aun así hay noches en que se nota que extraño sonar mejor.

Si algo aprendí de tanto repetir este ratito antes de cantar, es que el calentamiento no sirve para sonar mejor delante de nadie, eso nunca fue el punto, sino para poder seguir cantando sin que la garganta me pase la cuenta al día siguiente. Ahora, antes de bajar del todo la persiana, hago el mismo repaso corto: un par de vibraciones, un tarareo, alguna burbuja en el vaso de agua, y recién ahí me atrevo a cantar en serio, aunque sea sola, aunque sea mal, aunque nadie del edificio se entere jamás.

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