
Cantar sin auriculares y cantar con auriculares no se parecen en nada: lo primero me devolvía cada nota rebotada, como si el living se burlara de mí, y lo segundo apenas suena al mismo ejercicio. He ido probando la diferencia a puro ensayo, sentada en el rincón del sillón que uso para cantar en casa cuando el día de planillas me deja con ganas de sentir algo que no sea una pantalla. No busco bienestar emocional de manual ni una rutina copiada de algún video; busco ese rato en que mi voz deja de pertenecerle a la oficina y vuelve a ser mía, aunque sea un hobby de principiante que nadie más necesita aprobar.
Antes de los auriculares probé cantar a pulmón abierto, sin nada en los oídos, confiando en que el departamento se portaría bien conmigo. No se portó bien: el eco me devolvía cada frase a medio terminar, como una burla, y acabé más tensa que cuando empecé la noche. Ahí entendí, sin buscarlo, por qué tanta gente que canta en depto chico termina susurrándole a un auricular en vez de proyectar nada — los vecinos no perdonan un martes de práctica torpe, y menos a las diez de la noche. Algo de eso explica por qué cantar sola en el departamento ayuda a recuperar la calma: no busco que suene perfecto, busco que ese rato sea solamente mío. Por esos mismos días entré al Unimarc de Avenida Brasil por cualquier cosa, pan o detergente, y salí con una canción pegada que no pedí, de esas que te persiguen todo el pasillo de las verduras hasta la caja y después se instalan en el sillón conmigo sin permiso.
Fui acomodando los cojines a puro tanteo, sin fórmula de acústica casera
No seguí ningún instructivo para esto. Fui metiendo cojines en el rincón del sillón según cómo sonaba cada frase, probando, sacando uno, volviendo a poner otro, hasta que el eco dejó de sentirse como una burla. Había leído, de pasada y sin prestarle demasiada atención, que un rincón con tela cerca corta el sonido mejor que una pared pelada, y no necesité mucho más que esa idea suelta para empezar a improvisar. Lo que sí aprendí por las malas es que la comodidad tiene un límite: si me hundía demasiado, la espalda se me caía hacia adelante y el aire se me cortaba a media frase, como si el cuerpo necesitara algo de piso firme para soltar bien la respiración. Lo descubrí encorvada, cantando mal a propósito, preguntándome por qué me faltaba aire en una canción que ni siquiera estaba intentando cantar bien.

Uso los auriculares, en parte, porque el vecino del ascensor una vez me preguntó si estaba tomando clases. Me puse roja como un tomate y le dije que solo escuchaba música, mintiendo sin ningún pudor. La verdad es que recurro a las ventajas de practicar canto con auriculares para ganar confianza sola precisamente para que nadie, ni el vecino ni los de la unidad de al lado, piense que esto va en serio. Antes de grabar nada reviso con un par de notas sueltas si la voz salió con ganas o se me quedó dormida en algún lado, un chequeo rápido que hago sin pensarlo, casi un acto reflejo antes de cualquier intento.
Lo que Vicente hace cuando le mando un audio nuevo
Vicente es un contacto que conocí en un hilo de comentarios de una app de práctica vocal, de esas donde la gente cuelga audios sueltos esperando que alguien responda algo útil. Resultó que vive en Mendoza y canta temas de los ochenta con una convicción que da risa y ternura al mismo tiempo, sin que le importe sonar ridículo. Cuando le mando un audio nuevo, normalmente contesta con otro suyo encima, cantando lo mismo pero mal a propósito, como si quisiera bajarle el peso a cualquier cosa que yo esté tomando demasiado en serio esa noche. Ese intercambio, sin que lo hayamos planeado, se volvió justo lo que necesito para bajar la tensión del día sin pensarlo mucho, mucho antes de que me acuerde de que en teoría esto era para mejorar algo.
Elba encontró el quiebre en mi frase antes que yo
Elba y yo coincidimos en un reto mensual dentro de la misma app, uno de esos donde la gente sube grabaciones privadas de una canción fijada para el mes. Dejó un comentario bajo uno de mis audios tan preciso que pensé que era profesora de canto; resultó ser contadora, de Valdivia, y analítica hasta cuando el tema es algo tan poco serio como una toma grabada con el teléfono apoyado en cualquier parte. Fue ella quien me escribió en qué sílaba exacta se me iba la nota, sin haber visto ninguna partitura, algo que a mí jamás se me ocurriría calcular a oído. Otra vez me dijo que mi versión sonaba mejor un par de tonos más abajo, como si llevara años entendiendo en qué registro le queda cómoda una canción a cada persona distinta. Nota, además, cuándo paso de una voz más de pecho a una más de cabeza, un quiebre que yo solo siento como un tropiezo y no como una frontera con nombre propio, y cuando se pone a describir cómo cambia el timbre según canto apretada contra el respaldo o más suelta, me quedo pensando que ella escucha cosas que a mí se me escapan por completo.

El audio del martes que no alcancé a borrar
El martes pasado grabé una toma más, sin ninguna expectativa, cantando la parte alta que siempre me cuesta con la garganta ya apretada un segundo antes de intentarlo, ese pellizco que conozco de memoria y que normalmente anuncia un desastre. Esta vez no fue un desastre. Terminé la toma, fui a borrarla por costumbre, con el dedo ya sobre la pantalla, y algo me hizo detenerme a escucharla completa dos veces antes de decidir nada, cosa que nunca hago porque normalmente corto la grabación a la mitad del primer segundo vergonzoso. La escuché de nuevo al día siguiente y seguía ahí, sin que nadie la hubiera tocado. Sé que la grabación siempre me devuelve una voz que no termino de reconocer del todo, como si fuera de alguien parecido a mí pero no exactamente yo, y por eso mismo me sorprendió tanto no sentir ganas de borrar a esa desconocida esta vez.
No sé si esa noche cambió algo de fondo. Lo que sí sé es que las estrategias para perder el miedo a escuchar mi voz grabada al cantar que fui juntando sin querer, escuchando una y otra vez el mismo audio del martes, me dejaron un poco menos asustada de mi propio timbre. El perro de arriba se puso a aullar justo cuando terminé de escucharla la segunda vez, como si también él tuviera algo que decir sobre el asunto, y me reí sola en la oscuridad del living.
Lo que queda cuando el té ya está frío
Ya es tarde y el té de la mesa se enfrió hace rato, pero el rincón del sillón sigue sintiéndose tibio de otra manera. Este hobby de principiante no se trata de llegar a ningún escenario ni de que nadie me ponga nota; se trata de recuperar algo de calma cuando el resto del día se portó mal conmigo. Mañana va a haber otra planilla esperando, otro informe a última hora, pero esta noche, entre cojines mal puestos y un audio que por una vez no borré, fui, aunque solo sea para mí misma, alguien que canta.