
El pulgar ya iba camino a la papelera y el archivo todavía se estaba guardando, así que me quedé con el gesto a medias, mirando esa rayita de sonido que era yo. Me pasa siempre con la grabación casera: cantar es lo fácil, lo que cuesta es apretar play y aguantar. Lo mío es puro canto de hobby, de sofá y auriculares, y a veces lo siento como un autocuidado chiquito que nadie tiene que presenciar.
La respuesta corta a lo que me preguntan Vicente, Elba y hasta el vecino de camino a la micro: no necesito nada más que el celular. Lo apoyo en una taza, cerca, y grabo. Todo lo que sigue es la letra chica de esa frase, contada como me fue pasando, sin ningún orden serio.
El micrófono del portátil, que ya está ahí abierto
Vicente fue el primero en soltármelo, y yo ya lo había probado: una noche dejé grabando con el micrófono del portátil, por comodidad, y el sonido era horrible. Hueco, lejano, con más pieza que voz. Lo escuché una sola vez y lo borré sin ninguna pena, que para variar fue una papelera fácil. Desde entonces mi criterio es simple: si al escucharme oigo más el cuarto que a mí misma, cambio de aparato, y el celular, que nació para estar cerquita de una boca, casi siempre gana.
Los micrófonos de los teléfonos son unos bichitos diminutos que llaman MEMS, muy sensibles a los agudos pero también a cualquier ráfaga de aire o rebote del ambiente. Por eso el cuarto pesa tanto como el aparato. Del rincón que armo contra el eco hablo en otra parte; acá me quedo con el teléfono.
Una taza, la mesa auxiliar y el teléfono apoyado
Mi soporte no es un trípode de marca: es una taza de cerámica sobre la mesa auxiliar, con el peso justo para que el celular quede parado y apuntándome sin resbalar. Cuando la canción baja a su parte más grave, la cerámica vibra apenas contra la mesa y el teléfono se sacude un pelito, y me da risa, porque en esos segundos se mueve más que yo.

Sobre ajustes casi no toco nada. El teléfono ya guarda el sonido con una frecuencia de muestreo de 44.1 kHz, que es el estándar, la calidad de un CD viviendo adentro de un aparato que descansa en una taza. Con eso me alcanza de sobra; mis quiebres de voz no los arregla ningún número.
Los centímetros que Elba quiso saber
Elba, que casi nunca escribe sin colar la lluvia de Valdivia, me preguntó a qué distancia dejo el teléfono. Alejarse no esconde los quiebres, como una podría pensar; pasa al revés. Cuanto más lejos, más trabajo para el micrófono, y termina grabando el refrigerador y al perro de arriba, que siempre decide sumarse a la sesión. Yo me quedo en algo entre quince y treinta centímetros. Más cerca de ahí, los graves se hinchan y la voz suena como con una gripe eterna, pastosa; dentro de ese margen, el sonido me parece honesto, se nota que soy yo, en mi casa, con el día encima.
Qué hacer con la toma que me da vergüenza
La papelera llega siempre antes que el juicio. Que la voz grabada suene a otra persona ya lo di vueltas en otro lado, así que acá solo cuento que mi pulgar todavía duda. Lo único que tengo es una manía tonta: no decido mientras el archivo se guarda. Espero a que termine, respiro, y recién ahí elijo. Algunas noches igual la borro, y no pasa nada.
Para no odiar tanto lo que escuchaba fui a buscar estrategias para perder el miedo a escuchar mi voz grabada al cantar, porque sin algo así nunca pasaba del primer verso sin sentirme haciendo el ridículo.

Cuando el tramo alto salió sin pelear
El tramo alto de la canción se me escapó de la boca redondo, sin el crujido de siempre, y yo me quedé con los auriculares puestos, el té frío y la vista clavada en el techo. No fue perfecta, pero fue real. Esa grabación no la borré; la escuché varias veces seguidas, como quien relee un mensaje que le gustó.
Vicente cumple con su intento semanal desde Mendoza con una constancia que a mí me falta, y en las noches de flojera me quedo pensando en cómo mantener la constancia al aprender a cantar por cuenta propia, sin la presión de un profesor ni de un escenario. Grabarme se volvió más un diario que una audición.
Y si la noche sale mal, si canto horrible a propósito para sacudirme la rabia de un día de oficina, el celular lo guarda igual y no me juzga. De técnica vocal básica no manejo casi nada, y esas noches se nota bastante.
Contestarle al vecino que no, que absolutamente no
El vecino con quien me cruzo camino a la micro, cuesta abajo por Cerro Alegre, me preguntó si estaba tomando clases porque me había oído tararear. Le dije que no. Es un secreto entre el teléfono y yo. Grabarse con el celular no pide equipo ni oído entrenado; pide un rato, un lugar donde no molestes a nadie (de eso me ocupo aparte) y cierta paciencia con una misma. Sigo con mi taza y con mi pulgar que a veces duda sobre el botón de borrar, pero ya no me siento una extraña cuando le doy al play. Soy yo, y hoy eso me alcanza.