
Tengo la nota atravesada a medio camino, como media coma más abajo de donde debería ir, y el auricular derecho se me resbala un poco mientras intento subirla de nuevo sin que se quiebre. Así empiezan casi todas mis noches de cantar en casa ahora que los cerros se pusieron grises y la ciudad entera parece encerrada en sí misma. No lo llamaría un plan de bienestar emocional, eso suena a algo que uno agenda con horario; para mí es más el hobby solitario que me queda después de cerrar la planilla del trabajo y antes de que el edificio se quede en silencio del todo.
El invierno acá se estira largo y no quería que fuera solo lluvia golpeando el zinc y pantallas prendidas toda la tarde. Canto porque me devuelve algo del día que las planillas se llevan entero, y porque ese cuarto de hora frente al sofá se parece más a mí que cualquier otra cosa que haga despierta.
El rincón de cojines: mi hobby solitario con vecinos nerviosos al otro lado del muro
Las murallas de este edificio no perdonan nada, así que mi mayor freno nunca fue el talento -- que me falta, generoso -- sino el miedo a que alguien golpeara la puerta pensando que me pasaba algo grave. Por eso tengo un rincón fijo: los cojines amontonados detrás del hombro derecho para que el eco no rebote tanto, el teléfono apoyado en la taza de cerámica de la mesita auxiliar para que no se resbale, los auriculares con el cable doblado tirados sobre el brazo del sofá, y la persiana a medio bajar para que nadie de enfrente se asome. Terminé de armar un rincón de canto en el sillón con almohadones casi por instinto de supervivencia social, no porque leyera en algún lado que así se hacía.

Ese rincón es casi un trato secreto entre el sofá y yo, y muy pocas personas de mi vida diaria saben que existe.
Cómo Ignacia se ríe mientras yo borro la grabación
En la oficina comparto escritorio con Ignacia Villegas desde hace un buen rato, y fue ella la primera a la que se le escapó, casi sin querer mientras esperábamos el ascensor del edificio donde trabajamos, que yo canto sola en la casa. Lo raro es cómo cada una procesa el error: a Ignacia se le sale una risa fácil cuando algo le queda mal, como si el traspié no le costara nada soltar. A mí, en cambio, mi propia voz grabada me suena a una desconocida que vive adentro de mi teléfono -- no se parece en nada a la que escucho desde dentro de mi cabeza -- y esa distancia es la que me hace borrar la mitad de lo que grabo antes de que termine de sonar.
Intento, cuando me acuerdo, escuchar la grabación completa antes de borrarla, sin juzgarla entera al primer segundo, aunque me cuesta. Antes de encontrar este ritmo propio probé meses de tutoriales sueltos de YouTube, saltando de uno a otro sin ningún orden, y lo único que saqué de ahí fue más confusión sobre por dónde empezar. Un martes cualquiera, cansada de ese desorden, abrí el Curso Basico de Canto [El que abri un martes] porque partía de cero absoluto, justo de donde estaba yo, y no porque buscara convertirme en nada.
Tiene una calificación de 4.4 que en su momento me dio algo de confianza, pero los módulos más avanzados los terminé saltando porque me sobrepasaban -- solo quería dejar de sufrir cada vez que una canción subía un peldaño. Algunas noches hago un poco de ruido suave antes de largarme en serio, sin saber bien si eso cuenta como calentar la voz o si solo estoy carraspeando para armarme de valor; de cualquier forma, es un alivio tener las ventajas de practicar canto con auriculares para ganar confianza sola, porque así nadie más que mis propias orejas sabe lo mal que puede salir.

La vecina con voz de radio y la mía, que todavía traquetea
Antonieta, la vecina del cuarto piso, tocó mi puerta una noche pensando que yo estaba llorando detrás de la pared; cuando le expliqué que solo cantaba, nos quedamos conversando en el umbral más rato del que cualquiera de las dos esperaba. Lo que más me quedó de esa noche fue descubrir que ella tiene una voz de radio sin siquiera proponérselo, de esas que suenan bien aunque solo esté pidiendo el ascensor, mientras la mía todavía se traba y se parte justo donde la canción pide algo más.
En el curso nombran ese quiebre con una palabra bonita, passaggio, algo así como el tramo movedizo donde la voz de pecho le pasa la posta a la de cabeza, y durante mucho tiempo esa parte de la canción era justo donde yo cortaba, como si el aire chocara contra algo. Hasta que una noche simplemente no corté: pasé por ese tramo entero, sin pausa, sin darme cuenta de haberlo cruzado hasta que ya estaba cantando lo que seguía. No fue gran cosa para nadie más, pero lograr cantar una nota difícil después de meses de práctica casera te cambia el humor de una semana administrativa completa.
El aire se me acaba antes de tiempo en las frases largas, así que ando buscando dónde respirar sin que se note demasiado. Antes cantaba puro desde la garganta, apretada, hasta que fui notando que podía soltar esa tensión y dejar salir la nota real en vez de empujarla. Noto más rápido que antes cuando algo se me va de tono, aunque sigo sin saber si eso se llama tener buen oído o solo llevar más rato escuchándome con atención. Mi voz cambia de textura según la hora -- más ronca de noche, más clara en la mañana -- y no tengo idea de en qué rango canto mejor, aunque tampoco ando buscando ese dato. Bajando una vez por el Ascensor El Peral, un vecino me miró raro y me preguntó si estaba tomando clases de algo; le dije que no, que era la radio, porque me daba una vergüenza atroz admitir que paso las tardes peleando con una escala mientras el Valparaíso gris se ve entero por la ventana.
Cantar para volver a sentirme persona
Nada de esto es técnica vocal básica de manual; es más bien ensayo y error con cojines de testigos y una vecina que sabe demasiado de mis martes. Si la noche viene liviana, dejo que la voz busque sola la parte limpia de la canción. Si viene pesada, prefiero cantar espantoso a propósito, nomás para que el día se baje un poco de encima, sin perseguir ninguna nota en particular.
Si alguna vez el día se te hizo demasiado largo, capaz que solo te falte una taza de té tibio, un par de cojines y el permiso de sonar mal un rato. Yo, cuando quiero volver a ese desorden de donde partí, abro de nuevo el Curso Basico de Canto [El que abri un martes], no para rendir cuentas de ningún progreso, solo porque ahí empezó este lío. De eso se trata, creo yo: de por qué cantar sola en el departamento ayuda a recuperar la calma, aunque la calma, en mi caso, a veces llegue sonando como un vidrio trizado antes de acomodarse.