
La tristeza que ya lavó los platos, que ya vio dos capítulos de cualquier cosa y que sigue ahí, pegada al pecho, sin encontrar por dónde salir, persiste sin respuesta ordenada. Lo único que sé es que algunas noches me pongo los auriculares, el filo frío del izquierdo siempre pincha un poco antes de acomodarse en la oreja, y empiezo a cantar algo lento, algo que no tiene ninguna intención de animarme.
Cuento esto porque el canto en casa se volvió, sin que lo planeara, mi forma más honesta de bienestar emocional en esos meses de cielo plomo que tiene Valparaíso buena parte del año. Antes de seguir, lo de siempre: algunos enlaces de este texto son de afiliado, y si alguien compra algo a través de ellos a mí me llega una comisión chica, a ti no te cambia nada el precio. No soy cantante ni aspiro a serlo, sigo siendo, antes que cualquier otra cosa, una administrativa con la voz áspera al final del día, y esto es apenas el registro de alguien que se metió en este hobby principiante de cantarle a sus propias tristezas sin que nadie más la escuchara.
El canto en casa, mi rincón para cantarle a lo que pesa
Cantar canciones tristes no suena, a primera vista, como un plan para sentirse mejor. Pero hay algo en esa melancolía cantada que abre una puerta a la que la alegría impuesta no llega nunca. Armar un rincón de canto en el sofá no fue nada complicado: bastó con encontrar el único lugar del depto donde cantar no se sintiera como exponerse ante todo el edificio.

La idea nunca fue sonar bien. Era sacar algo que se había quedado atravesado en algún lado entre el trabajo y la rutina. Al principio mi voz salía chica, apretada, con ese pudor constante de escucharse a una misma que te hace encoger los hombros. Intenté un vibrato una de esas primeras noches y sonó como un motor viejo, una cosa temblorosa que borré al toque, muerta de vergüenza, aunque nadie más que yo pudiera haberlo oído.
El consejo de cantar a todo pulmón no me sirve a mí
Dicen por ahí que para aprender hay que proyectar, llenar la habitación entera con la voz. Para quienes vivimos entre paredes que parecen de papel, ese consejo se cae solo. Si subo el volumen de verdad, mi cabeza se va directo al perro del piso de arriba, que a veces se suma aullando sin que lo invite, o a qué pensará el vecino si me escucha fallar una nota. Esa preocupación me quitaba justo la vulnerabilidad que necesitaba para soltar lo que me dolía.
Por eso mis ventajas de usar auriculares nunca fueron solo técnicas. Eran emocionales: crean una burbuja chica donde solo existen la canción y yo, sin edificio, sin vecino, sin nadie más juzgando. Una de esas noches bloqueadas abrí el Curso Básico de Canto que tenía guardado hacía rato, no buscando una clase formal sino algo de estructura para no sentir que cantaba sola en el aire, sin ningún mapa. Arranca literal desde cero, que era justo donde estaba yo esa noche, y lo sigo abriendo de a ratos, de fondo, sin ninguna prisa.

Grabando con lo que tenía a mano, aunque sonara espantoso
La primera vez que quise guardar una toma en serio, agarré el notebook que tenía abierto al lado y grabé directo con su micrófono. Sonó espantoso: un eco metálico, como cantar dentro de una lata, con un zumbido de fondo que no tenía nada que ver con mi voz real. Borré el archivo sin pensarlo dos veces y volví al teléfono apoyado donde siempre, que al menos no le agrega ese ruido a nada.
Hay un dato de la afinación que se me quedó dando vueltas: que el La está fijado en 440 Hz desde hace décadas nomás por acuerdo, no porque exista una ley natural detrás. Si el tono de un instrumento es solo una convención, pensé, el tono de mi tristeza tampoco tenía por qué calzar con ningún estándar ajeno.
Por esos días empecé a mandarme audios con Vicente Cornejo, alguien que conocí en los comentarios de una app de práctica vocal, nos escribimos semanas antes de enterarnos de que él es de Mendoza y yo de este lado de la cordillera. Vicente escribe mensajes eternos, llenos de comas, que nunca llegan a un punto final, y aun así es de los pocos que entiende por qué alguien le canta a una pieza triste sin que nadie se lo haya pedido. En un reto mensual dentro de esa misma app coincidí también con Elba Zamorano, que participaba desde Valdivia: ella nunca sube una grabación sin escucharla por lo menos tres veces antes, algo que a mí todavía me cuesta, porque apenas termino de grabar ya quiero borrarlo todo.
La nota que por fin no se peleó conmigo
Hace poco encontré, por pura casualidad, una grabación vieja mientras buscaba otra cosa en el teléfono. La puse solo para reírme un poco de mí misma, y lo que escuché no fue lo que esperaba: esa voz suena apretada, forzada justo en la parte alta, como si estuviera conteniendo algo todo el rato. Comparada con una toma de hace apenas unos días, donde esa misma nota salió sin que yo la empujara, la diferencia es tan clara que todavía me sorprende un poco. No sé bien en qué momento cambió. No hubo un día marcado, ningún clic repentino, en algún punto entre toma y toma, la garganta simplemente dejó de pelear.

Lo raro es que mi voz grabada nunca suena igual a la que escucho adentro de mi cabeza mientras canto; hay una distancia ahí a la que todavía no me acostumbro del todo, aunque cada vez me sorprende menos. Sigo con los auriculares puestos siempre, no tanto por técnica sino porque el edificio entero no necesita saber que entrada la noche estoy soltando una canción triste para nadie en particular. Confirmé, otra vez, que cantar sola en el departamento me devuelve una calma que ninguna otra cosa de mi día logra igualar. No me convertí en cantante de boleros de la noche a la mañana, pero esa expresión vocal que tanto me costaba soltar ya no se siente como una pelea.
Lo único que me queda después de tantas tomas borradas
A veces, volviendo a pie con una canción pegada desde Plaza Sotomayor hasta la puerta del edificio, ya no siento ese impulso de esconderme que tenía antes. Sigo borrando la mayoría de mis tomas, sigo cringueando con mi propio timbre de voz de vez en cuando, pero ya no me pesa tanto. La tristeza cantada pesa menos que la tristeza callada, eso lo tengo claro. Tampoco hace falta volumen para tener intensidad: el susurro más honesto suelta más que el grito más afinado, por mucho que uno crea lo contrario. Y tener algo a mano para volver, como el Curso Básico de Canto abierto de fondo en alguna pestaña, me da un poco de ese permiso que a veces no me doy yo sola para seguir explorando la voz, aunque sea solo para mí.
Si algún día sientes que el día se puso demasiado pesado y las palabras ya no alcanzan, capaz que cantar ayude, aunque sea mal, aunque sea para nadie. Cantar en casa no me hizo artista ni me acercó un centímetro a un escenario, pero sí me devolvió, varias noches grises, la sensación de ser una persona entera y no solo una lista de pendientes.